La necesaria transformación cultural: sociedad y cambio político.

Publicado en periódico LA REPÚBLICA, contratapa en la edición del día martes 31 de agosto, Montevideo, 2004.



1. ¿Llega el cambio al Uruguay?
A días de las próximas elecciones generales las encuestas se llevan todo el interés del público, y es cuestión de sumar votos nos dicen por su parte los distintos partidos en las voces de sus militantes. Pero cabe abrir una mirada más, una observación crítica de este proceso en el cual estamos todos inmersos. El proceso por el cual está atravesando la sociedad uruguaya marca un acontecimiento en su trayectoria, se abren posibles caminos y se insinúan virajes que estarían determinando un nuevo horizonte de sentido y acciones colectivas. ¿Pero hasta dónde es esto posible? Podemos anotar una serie de fenómenos que apuntan a sostener que nos encontramos en un contexto diferente al de las décadas pasadas. La transformación ideológica y la representación partidaria, la estructura del propio mapa político es otra desde que hace ya varios años la coalición de izquierdas es la primer fuerza, mientras el partido que fuera identificado con el propio Estado hoy día sufre una caída que estaría marcando con más profundidad el cierre de todo un proceso institucional que nos trajo desde la tercer década del siglo XIX hasta la actualidad. El fin del neoliberalismo como ideología, como discurso y ejercicio del poder, también está marcándonos un nuevo escenario. Aquellos tecnócratas que sostenían el fin de la ideología (aunque encima eran embanderados según divisas criollas puramente caudillescas), que anulaban toda otra posición tomada que no sea la propia (lo que se llamó el pensamiento único), se han visto desbordados por las condiciones actuales de las cuales han sido sus agentes primordiales. El capitalismo contemporáneo adoptará rápidamente nuevas formas, en transición, no sabemos a qué condiciones futuras. Lo que es cierto es que ya no se sostiene desde ningún punto de vista un discurso que deje fuera a la condición humana, a la lucha por combatir la pobreza, la desocupación, etcétera. Los viejos partidos de derechas se han visto obligados a trasladar sus referencias hacia el centro del espectro de adhesiones ideológicas. La regionalización también es ya un hecho indiscutible; si alguna vez se negó este proceso desde dentro, la contemporaneidad nos enfrenta a un mundo integrado, en variados sentidos y en diferentes formas, pero la cuestión es que lo que fuera una región plural e integrada más allá de los límites nacionales como la comarca rioplatense, hoy día es una realidad avasallante que posiciona a la sociedad uruguaya en un panorama diferente, donde ya no es posible buscar una identidad en el aislamiento como en otras oportunidades sí se lo hizo, porque de aquí en más, los vínculos ya no serán interpretados y construidos desde las definiciones económicas estrictamente. Son los valores en todos los sentidos posibles, la producción de cultura, lo que encuentra una dimensión regional y mundial, tanto en lo que respecta a la expansión del capitalismo como a la proliferación de alternativas frente al mismo y en conexiones múltiples. Y desde este contexto más amplio de determinaciones se hace casi imposible mantenerse retrasado en un proceso como el que atraviesa América Latina, y a pesar de ello, todavía aquí se experimenta la letanía de los cambios.
2. ¿A qué precio?
Cada uno de estos puntos tiene su correlato negativo, y la pregunta sería: ¿a qué precio se daría el cambio? Estamos llegando quizás a una nueva cultura para la cual ya no hay lugar para los discursos tecnocráticos, para el aislamiento regional, para la forma de hacer política heredada desde más de siglo y medio, pero a qué precio. Al precio de haber alcanzado en los últimos años los índices de pobreza más escalofriantes de la historia de esta sociedad, de acercarnos también a la región descendiendo la calidad de vida en todas sus manifestaciones. Una pobreza estructural, que marca el destino de nuestra sociedad por generaciones, ya está instalada. Después de esta determinante tan radical, imposible de evadir para el futuro, nos encontramos con la instalación de una condición que frena el cambio, una deuda externa brutal que al superar el producto bruto interno previsto nos está determinando que todos nuestros intentos por producir serán pocos para alcanzar la libertad del control de los organismos internacionales de crédito y tras ellos, de las decisiones y planes del Pentágono y otras agencias de dominio planetario. Y en un tercer lugar, nos encontramos internamente con los restos de un proceso de desmantelamiento que los últimos gobiernos neoliberales han llevado adelante dentro de la infraestructura con la que contábamos desde el siglo pasado como resultado del esfuerzo principalmente de los trabajadores. Desmantelamiento material e inmaterial, desarticulación de formas de producción y estilos de vida asociados. Si no fuera por el propio empuje de los trabajadores, las instalaciones que hoy están reabriendo sus puertas no contarían con nada para ello, ni con los medios materiales ni con la capacidad y dedicación de los expertos en el uso de los mismos.
Con una sociedad partido en dos, con los mayores índices de natalidad concentrados en estos sectores pauperizados, con una deuda externa que embarga el futuro de todo esfuerzo, nos enfrentamos a un posible cambio político que nos estaría posicionando en el contexto de la región años más tarde. Bien, frente a este panorama sucintamente esbozado serán posibles las distintas actitudes a tomar, y hacia ellas deben orientarse. No me interesa aquí establecer los caminos que debería de seguir un gobierno progresista, sino más en general y más profundamente, el tipo de transformación cultural que estaría habilitándose si como pensamos alcanzamos a dar un salto cualitativo en nuestra historia social. Todo cambio se fundamenta en tradiciones que le sirven de soporte, tanto para permanecer en ciertas tendencias como para romper con ellas y a partir de allí construir una nueva posición. Al respecto nuevamente podemos señalar tres aspectos ya presentes en las demandas populares de la sociedad uruguaya desde sus orígenes y que fueron sumándose a lo largo de las luchas sociales del siglo XX. El conflicto entre el campo y la ciudad es la primera de ellas. Desde la colonización del actual territorio nacional la ciudad militar tras murallas y los campos y sierras salvajes se confrontaron. Es quizás tiempo para terminar de establecer una nueva dinámica interna de una sociedad urbana y rural, en un territorio rico y vasto para la población que alberga. Las demandas provenientes de la ecología social encuentran huellas de un mismo camino transitado anteriormente por otras prácticas reivindicatorias para alcanzar una gestión del territorio auténticamente democrática y sustentable, algo que hasta nuestros días está lejos de ser una realidad. La esquizofrenia del capital versión local: niños muriendo de desnutrición en Bella Unión entre miles de hectáreas de «desierto verde». Lo mismo sucede con la herencia del movimiento cooperativista que en diferentes aspectos ha demostrado ser una forma acorde al tipo de sociedad que nos define, por sus dimensiones, el tipo de vínculos intersubjetivos, la forma de organizar la producción, distribución y consumo de nuestra comunidad. La eficacia, la rentabilidad, y todos los parámetros de la economía neoliberal encuentran en el cooperativismo una superación del sistema de libre mercado implantado concretamente en una sociedad en la cual jamás será posible aplicar recetas de otras sociedad donde sí se dan las condiciones indispensables para la competencia, el flujo de grandes capitales y todo lo que requiere el capitalismo como tal. Esta nunca fue una sociedad de mercado, o como decía Real de Azúa, «casi» lo fue y siempre casi lo será. ¿Para qué seguir insistiendo en la rivalidad y la lucha cuando las condiciones objetivas distan tanto de ser las apropiadas para ello, y aún más, cuando en su forzosa implantación se atenta contra la mínima solidaridad que asegura un nosotros colectivo? El problema no es insistir en un sueño sino insistir en una pesadilla, no reconocer el precio y los costos de una política que por una década reinó en toda la región, seguir culpando a los benditos factores externos, seguir apelando al aislamiento cuando conviene, al «país petiso» cuando hay que rendir cuentas ante los otros y las futuras generaciones. Si los neoliberales dicen que la historia a refutado empíricamente a sus adversarios, no pueden no reconocer y en sus propios términos que a ellos les ha ido peor.
3. Fuentes propias para el cambio.
La identidad uruguaya encuentra hoy fuentes legítimas de donde alimentarse y buscar establecer las condiciones para una nueva sociedad, o si se quiere, para un nuevo momento en la historia de la misma sociedad, es lo mismo en este sentido, sólo habrá cambio resignificando el pasado en la proyección hacia el futuro. En primer lugar tenemos el carácter particular de autonomías interrelacionadas que en el comarquismo rioplatense se produjo, los valores autonómicos de la cultura de estirpe criolla, aquella que posibilitó la independencia de las provincias del Sur, que tuvo en el proyecto federalista su máxima expresión hasta entonces. Posteriormente entrando al siglo XX la experiencia modernizadora del batllismo (que incluye la creación de una clase obrera nacional y la introducción de los ideales políticos de las sociedades industrializadas de entonces en más), el establecimiento de las bases para una sociedad equitativa, de la búsqueda de una comunidad modelo en su integración, valores democráticos y fuerza de acción que logra además concretarse en hechos. Y por último los aportes de nuestro criticismo, la llamada generación crítica que terminara por caracterizar el crisol de estilos y actitudes que constituyen nuestra idiosincrasia en su versión progresista. Apoyarnos en estas fuentes para buscar el cambio implica realizarles una ardua crítica en pro de su superación: en el primer caso, la ruptura con todo sentimiento de inferioridad y aislamiento típico de la orfandad gauchesca; de la segunda, la ruptura con la cultura burocrática de la llamada meritocracia gestada por un Estado benefactor todavía vivo en el imaginario social de la clase media en crisis; y de la tercera, desterrar el pesimismo de una excesivo trabajo de destrucción crítica por la falta de confianza en las propias fuerzas subjetivas.
Parece que dejaremos de ser a pesar de todo una sociedad «amortiguadora de los cambios» como declaraba con tanta lucidez Real de Azúa. Y esto porque la realidad misma nos impuso un cambio de condiciones, la devastación de una sociedad que no por ser homogénea era positiva, pero que por lo menos no atentaba contra la integridad física y moral de sus ciudadanos como en estos últimos decenios. Las cárceles se encuentran atestadas, ya no hay manera de frenar una crisis humanitaria como la que estamos atravesando. Pero a pesar de todas las limitantes es posible un cambio, allí donde se logre articular el esfuerzo colectivo necesario para alcanzarlo en el acto mismo de la activación de la producción y redistribución acorde a los esfuerzos, lo que promovería un cambio de actitud, una cultura más abierta, plural y equitativa al mismo tiempo y gracias a que se la construye. Será mercado, será otra cosa, no podemos dejar de plantearnos un futuro como sociedad, en nuestra región, en nuestro mundo, sin aspirar a poder algún día ofrecernos a nosotros mismos y a los demás una forma de vida propia, auténtica, fundada en nuestros rasgos identitarios, que no son invariables sino que por el contrario todavía están en construcción y en un escenario contemporáneo donde cada vez es más necesario el diálogo a partir del reconocimiento de la diversidad. Si se mantiene la burocracia, la gerontocracia, el amiguismo, y si nos gana el revanchismo en la situación en la cual nos encontramos, lo único que tendremos es un cambio aparente en la superficie, y un cambio profundo tan sólo en una dirección para nada progresista, inevitablemente seguiremos deslizándonos hacia una pauperización en el nivel de la reproducción social junto a la permanencia de una reducida casta de funcionarios públicos y algunas familias de estirpe que mantendrían sus privilegios, con lo que no tardará en aumentar el conflicto que se cierne sobre la totalidad de los uruguayos.