"Los milicos de los boliches del Cerrito": Búsquedas de ciudadanía y memorias de las resistencias a la marginalidad en trayectorias de vida subalterna


En Actas electrónicas de las Jornadas de Estudio sobre Religión, Memoria, Política y Ciudadanía en el Río de la Plata, Programa de Investigación en Antropología Visual, de la Imagen y las Creencias (PIAVIC) del Dpto. Antropología Social-FHCE-UdelaR / Instituto Universitario CLAEH, 16 y 17 de diciembre de 2010.

Ponencia presentada y publicada en el CD homónimo de las Jornadas, Montevideo, 2010.

http://religionmemoria.blogspot.com/





Eduardo Álvarez Pedrosian (1)
LICCOM-UdelaR



Palabras clave: etnografía, procesos de subjetivación, fuerzas armadas, periferia urbana, pobreza y ciudadanía



En el contexto de una investigación en marcha sobre los procesos de subjetivación involucrados en las identidades y culturas de las periferias urbanas (Álvarez Pedrosian, 2009), en condiciones de exclusión y de resistencia a su forma contemporánea de “marginalidad avanzada” (Wacquant, 2007), nos hemos encontrado con un vector fundamental, constituido por las prácticas, procesos de significación y creencias provenientes de la presencia de las fuerzas armadas y la policía en tanto campos de experiencia laboral y de socialización de muy larga data. En el cartografiado etnográfico de estos fenómenos, consideramos necesario detenernos en el análisis de las memorias asociadas al ejército, previamente a la última dictadura cívico-militar, durante y después de la misma, en un marco amplio que permita considerar a la “uruguayidad” en tanto complejo de procesos de subjetivación constitutivos de las identidades y memorias suscitadas (Álvarez Pedrosian, 2008). Otros sistemas de creencias y significaciones coexisten al margen, por debajo y entre las configuraciones más representativas de las instituciones públicas, los medios masivos de comunicación y los espacios de sociabilidad de los sectores medios. En el contexto general de una fuerte revisión de las fuerzas armadas por un lado, y de las urgencias que demandan genuinas transformaciones para amplios sectores sociales por el otro, las dificultades en cómo pensar y afrontar ambas cuestiones de enorme complejidad pueden considerarse conjuntamente: en los cuarteles cercanos, comisarías policiales, y recientemente en expediciones internacionales en la Rep. Democrática del Congo y Haití, sostienen su existencia amplios sectores de habitantes de las periferias, que caracterizan a las mismas a partir de sus prácticas y las creencias allí involucradas en el entramado de otros procesos de subjetivación presentes en el territorio de una misma cotidianidad.


Tabla 1
Datos demográficos sobre militares subalternos en 2010
Fuentes: MDN y FFAA (I-Red Presidencia, 5 de marzo)


Total integrantes 16.300
Total subalternos 14.800

Subalternos bajo línea de pobreza 60% (20% todo el país)
Subalternos bajo línea de indigencia 5% (2% todo el país)
Subalternos jefes de hogar 97%
Niños bajo jefes de hogar subalternos 20.000



Los militares subalternos son tres veces más pobres que el total de la población uruguaya. Efectivamente, en su mayor parte residen en la periferia de las ciudades, y en especial, en nuestra zona, la cuenca del Casavalle, en barrios tradicionales, complejos habitacionales y asentamientos irregulares (Cecilio, Couriel, Spallanzani, 2003). La existencia de unidades del ejército, como cuarteles y batallones, así como las posibilidades de ocupación o de bajos gastos en vivienda, hacen a los factores por los que se explica la fuerte presencia de la milicia en la vida de todos los involucrados en esta investigación. Estas cualidades se ven aún más extendidas y profundamente determinantes cuando tomamos en cuenta, además, al cuerpo policial. Los sueldos policiales son casi el doble que el de los militares subalternos, lo que genera un movimiento migratorio de un cuerpo hacia el otro, aunque esta situación está siendo alterada en la actualidad por efecto de las nuevas políticas sociales, desde las cuales estos sectores de la población han sido detectados como muy problemáticos.
A diferencia de otros universos de experiencia, como los tradicionalmente correspondientes a los haceres femeninos (como trabajadoras en la infraestructura de los hogares acomodados de las clases medias-altas y altas), nos encontramos frente a fenómenos marcados por procesos institucionales precisos. Existe un aparato y una historia de su funcionamiento. En tal sentido, el ejército uruguayo posee una genealogía muy intensa y un pasado reciente que hasta ahora le sigue cobrando por los errores del pasado. Existe una fuerte desconfianza hacia la institución castrense, asociada aún a lo que significó la última dictadura cívico-militar (1973-1984). Pero la fuerte jerarquización interna de la institución, la gran desigualdad entre una cúspide mandataria y una multitud subalterna sumida en la pobreza e indigencia, no había aparecido tematizada en los medios masivos de comunicación locales hasta muy recientemente. Nuevamente nos encontramos con un mecanismo propio de los proceso de segregación urbana en las sociedades occidentales modernas y contemporáneas: aquellos que lo padecen cargan con el signo de sus propios victimarios.
El ejército y la policía fueron constituyéndose en amplias redes de contención para los contingentes que nutrieron los flujos migratorios en el último siglo, principalmente del campo hacia la periferia de la ciudad capital. Temporalidades de la memoria, fragmentaciones y composiciones de bloques espacio-temporales, son a su vez inscritos en diversos formatos y soportes, dando lugar a narrativas singulares y singularizantes en sus contenidos y expresiones inextricables. (Guigou, 2009; Ricoeur, 2006). La religión es una de las principales tecnologías mnemotécnicas (Lévy, 1999), pero también lo es la “ideo-mitología” del Estado, en este caso el de Bienestar batllista (Trigo, 1997) y su “religión civil” (Guigou, 2003), volcando en las instituciones modernas las cargas afectivas y los dispositivos de creación de sentido para los contingentes migratorios de entonces, no sin la presencia de otras configuraciones de creencias pero sí hegemonizando los procesos. Y en esta dimensión de creación de imaginarios y procesos de subjetivación signada por lo instituido, el ejército es identificado de múltiples formas en una polifonía difícil de no ser escuchada en las periferias urbanas. Una diferenciación se establece entre el adentro y el afuera de aquella configuración identitaria, entre los migrantes directamente provenientes de las tierras trasatlánticas y los de aquél “Lejano Norte” del mismo “interior”, a una vez territorio y límite, híbrido y mestizo (Achugar, 1994: 22).2 Para estos últimos, el ejército ha sido escuela, fábrica, familia.
La actual situación compleja en la que se encuentra la institución ministerial, en lo relativo al desproporcionado gasto en salarios presente en su presupuesto (González, Gonnet, Ramírez, 2005), puede ser visualizada como el efecto del crecimiento de la riqueza de la pequeña cúpula y la expansión de una base desplegada para captar a posibles miembros en los sectores populares y desfavorecidos a través de las sucesivas políticas modernas del último siglo. En la búsqueda de mejores condiciones de existencia, desplazándose por los caminos de la región hacia las ciudades tan solo con lo puesto, o con la familia nuclear, muchos hombres encontraron en el ejército un sitio donde instalarse en un sistema social excluyente por toda otra vía. Como en el caso de Juan3 y de muchos otros vecinos de las más antiguas generaciones presentes en la zona (en particular en el Barrio Jardines del Borro: “El Borro” visualizado desde el imaginario social instituido como un lugar cuasi diabólico y monstruoso), han sido casi captados, podríamos decir, por las fuerzas del orden. Recordemos la narración de los acontecimientos que lo fueron llevando, en su periplo por la ruta desde su Salto natal, una y otra vez a destacamentos policiales o del ejército, hasta que finalmente se incorpora a éste por casi dos décadas.

Juan: Todo criados desparramados, porque yo era huérfano de padre y madre. A los cinco años murió mi madre, que fue la última. ¡Qué me decís vos! ¡Y me crié solo!, dado, a los doce años ya alquilaba casa, yo y mi hermano, ¿y si no qué hacía? […] Trabajé en el Hotel Concordia, en Salto, de mandadero… así andaba ¿viste? Y la madre de los dueños me quería mucho, enseguida andaba por allí y “¿a dónde está el chiquilín?”, “fue a hacer un mandado”, “no tiene que hacer ningún mandado, él está conmigo”. Y venía para Montevideo y llamaba por teléfono, hablaba, hablaba, y tenía que hablar yo a ver si estaba ahí. Y ahí pasaba: tenía comida, ganaba unos pesitos, las propinas, y todo en el hotel, y así me fui criando […] ¿Escuela? Hice un año y unos meses. Pero, algo me revuelvo ¿eh? Aprendí de la vida. No sabía ni poner mi nombre, pero bueno. [De los hermanos] el último que quedé soy yo. Pero todos fuimos criados desparramados. […]
En el Borro, [me quedé] en 1949-50. Vine de Mercedes. Salteño, fui a pie hasta Mercedes, en agosto. Salí, como todo gurí ahí [con 19 años], agarré una bolsa de arpillera, un calzoncillo, y una camisilla de esas. Lo entré en una bolsa, envolví todo y salí, caminando. Sábado de noche salí, había baile en el Club Uruguay y por eso siempre me acuerdo: “La puñalada” lo último que sentí, miré, y caminé, caminé, caminé hasta Paysandú. En Paysandú tenía un hambre que te podés imaginar... Entro a una panadería: “señor, mire…”, me dio un bizcochito y me dijo “mire que acá no se viene a pedir, ¿eh? Hay que trabajar”. ¡Pa, era una vergüenza sabes! Y agarré el bizcochito, si tenía un hambre que… Y seguí y había un milico que se estaba paseando y me dieron allí comida, en el Cuartel: ¿cómo no, quedate acá que ya va a salir la comida”. Me quedé en la Comisaría. Y pidió el informe mío a su vez a mi pueblo. Y de ahí seguí.
Me quedé de noche en la Comisaría… En aquellos tiempos, era otra clase de gente. Me levanté y seguí. Llovía… hacía un frío en agosto hermano… y allá, a varios kilómetros, paró un auto, habló: “para dónde va amigo”, le digo “voy para Montevideo”. Yo qué sabía dónde quedaba Montevideo, a la vuelta de la esquina… seguro. “Subí” dice. Y era el gerente de la Ford de Paysandú. […] Me dice, “¿no querés volver para atrás?”. “No, no”. “Te doy una pieza, te doy un sueldo, y sos empleado de la Ford a partir de este momento”. Le digo: “no, no. Le agradezco muchísimo”. Me dejó en Mercedes mismo, porque venía a buscar a la familia. Siempre lloviendo.
Seguí de largo para arriba, ¿y a dónde fui?: al Cuartel. ¡Y qué iba a hacer! Allí todo el mundo me recibió sabes cómo… Estuve en el Cuartel, estuve, diecisiete años. Después vine para acá en comisión una vuelta que iba a venir, creo que era Stroessner [Dictador en Paraguay entre 1954-1989], a hacerle un recibimiento ahí, y nos quedamos dos, tres años y después el que quisiera se podía ir. Yo no era de Mercedes… Me quedé. Pero hasta vinieron a visitarme compañeros de allá, grandes amigos. [Entré al Ejército] en 1948, y en 1950 fue que vino este presidente del Paraguay. Vine en Comisión, una Compañía de ochenta y pico… para recibir, y a los dos años vino la orden de que teníamos que integrarnos. [Era] acá en frente, en el [Batallón Nº] 13. Me quedé, por supuesto, yo no era de Mercedes. Te digo, Mercedes lo adoro…


Entre la mitología generada a partir del triunfo en el Mundial de Fútbol de 1950 y las narrativas de este tipo, se encuentran las grandes distancias que parecen anularse desde lo instituido en forma hegemónica: no tuvieron cabida en el relato identitario producido por las instituciones. La “Suiza de América” precedente, no parece corresponderse con estas realidades existentes dentro de sus fronteras, por debajo del manto de las idealizaciones más representativas. Juan se lanzó al camino en la búsqueda de un Montevideo imaginario, a diez, cien o mil kilómetros de distancia, como tironeado por las fuerzas objetivas que se disponían en el contexto de su existencia. Su relato se muestra con un alto grado de elaboración; síntesis donde los temas están fuertemente anclados y articulan el argumento. No es de extrañar que no recuerde con exactitud por cuál mandatario visitante fue movilizado por fin hacia la capital –a uno de sus cuarteles–, ya que entre 1948 y 1949 el Paraguay tuvo cinco presidentes, en un contexto de convulsiones políticas de alcance regional. Su situación de partida es similar a la de la gran mayoría de los vecinos pertenecientes a su generación o a las inmediatamente anteriores y próximas: provenientes desde localidades cercanas a las fronteras nacionales –“los bordes”–, grupos de numerosos hermanos que por una u otra razón se encontraban en familias acéfalas, o integrando otro tipo de familias y en las cuales las relaciones de filiación horizontal no tenían la misma presencia que las verticales, se sentían forzados a desplazarse en búsqueda de un futuro posible. Los hermanos, en sus propios términos, se van “desparramando”, recomenzando nuevas vidas por doquier. Esto último no implica que necesariamente se pierdan, en todos los casos, los vínculos de parentesco con las familias de procedencia, pero sí la diversificación de relaciones a partir de diferentes medios de comunicación, intensidad y expresividad en los vínculos. Los reencuentros que se suscitan después de varias décadas, las llamadas telefónicas para las fiestas anuales, constituyen rituales de una práctica vinculante, que si bien parecen secundarias en relación a una vida cotidiana compartida, resultan en muchos aspectos más intensas y profundas en sus huellas.
En este caso, Juan tuvo suerte al encontrar en la figura de la señora propietaria del hotel salteño donde había llegado a ser “dado” por su madre, no una sustitución, sino más bien un desplazamiento hacia otra forma de cuidado para la conformación del mínimo cobijo de una crianza, la esfera subjetiva necesaria para que sea posible un devenir vital (Sloterdijk, 2003). Pero parece haberse sentido como adolescente librado a su suerte, con la necesidad y oportunidad de salir a echarse a andar en la construcción de sí-mismo. Para una mujer, en tanto el modelo de género más o menos hegemónico por entonces, las posibilidades eran mucho más restringidas, como sigue sucediendo actualmente pero en otros sentidos derivados de estos procesos. Es muy importante no perder de vista que la supuesta apertura radical del largarse a la ruta, del salir a lo inesperado en la búsqueda de un futuro posible, se termina encausando en escenarios y destinos justamente condicionados por las fuerzas existentes en los campos de experiencia, locales y transversales. No es casual que Juan se halla encontrado una y otra vez arrimado hacia la policía y el ejército, hasta que se integrara a este último por un largo tiempo, para después pasar otra vez, pero adulto, a poder encausarse en nuevos desplazamientos.
El Batallón militar se encontraba y sigue estando en los bordes de la zona (más bien es uno de los elementos que la separan del resto), y a mediados del siglo pasado Jardines del Borro estaba atravesando el cambio de una tipología espacial de quintas a otra de charcas y quintillas, transformándose el paisaje considerablemente. Juan cobrará una presencia relevante en la zona una vez que se hizo cargo de una de las cantinas más emblemáticas, también por varias décadas, en vínculos ahora signados por la localidad: formación de instituciones deportivas y otro tipo de actividades que caracterizan la construcción del colectivo previo a la pauperización del lugar fruto de la expansión de los límites de lo urbano. Por otro lado, María, su esposa, quince años más joven que él, experimentaba su propia migración hasta que se encontraran en aquél Borro de 1968, año en que el gobierno decreta las llamadas “medidas prontas de seguridad”.

María: Yo cuando vine de Rivera, vine directamente al Borro… del campo, a la ciudad de Rivera, luego al Borro. Éramos diez. […] Madre, padre falleció, cuando éramos chiquitas, qué se yo. Entonces mi madre fue, agarró pareja, me dio. Yo me crié con una señora y uno de mis hermanos, afuera [en el campo]. Y bueno, todos dados también, una historia parecida [a la de su marido].
El 28 de noviembre, hace cuarenta años [1968] que llegué a Montevideo. Mi hermano ya estaba acá, era coracero de La Republicana. Y ellos fueron de visita, y como yo estaba con una pobreza extrema, nos trajo [con el primer marido]. Ingresó a La Republicana mi ex marido, y después fue todo para atrás, todo mal, todo mal […] Nos conocimos con él, en el 1968 [un año después nace] el primer hijo de él fue. Nos conocimos, todo iba mal, para atrás con mi otro esposo, porque tomaba, era mujeriego, no me traía la plata. Tenía seis pibes yo. […] Nos conocimos con él, vi que había otro horizonte, nos entendíamos, nos queríamos y bueno, porque ya mi vida era un martirio con el tipo, no me daba ni para la comida de los niños, nada.
Con ellos vine en el tren, yo adoro el tren, con un colchón de dos plazas y dos frazadas. Vendí todo lo poquito que tenía para pagar el pasaje para venirme. […] Él [su marido] vivía a la vuelta, que tenía una cantina. Nos vichábamos por el fondo (risas). Después me casé, cuando estaba por nacer la nena que tiene veintiuno [tuvieron cuatro juntos, se casaron cuando nació la última, la única niña]. Nos fuimos a vivir a la casa de él. Estuvimos en la Ciudad Vieja, Zabala y Buenos Aires [única vez afuera del barrio, pocos meses]. Después me arregló allá y vine para [allí], y después él arregló en la cantina y me vine para el fondo...


¿Cuál es la imagen del Estado de esta “ciudadana” y la carga afectiva depositada en ella, y más en general, la forma de concebir lo instituido (el “estado” con minúsculas), desde las ventanas de este tren, atravesando el Uruguay de una punta a otra en el explosivo final de la década del sesenta, con un colchón, una frazadas, y un grupo de niños hambrientos? El ejército: la única esperanza, o más bien, el horizonte que torna inteligible el presente y el provenir. Y nuevamente la localización de las instalaciones militares determinó la futura residencia del grupo de desplazados, alimentando el crecimiento poblacional de la periferia contemporánea. Esta vez, a través de un hermano, María encontraba el lazo para dar el salto y emigrar desde la frontera seca del norte hacia la capital. Ya madre, con un grupo de hijos, en situación precaria, lograba escapar de la reproducción del modelo en lo que hubiera sido el tener que entregarlos a otros adultos, algo que ya no era deseado por ella y marcaba un cambio de valoración. Igualmente, esta elección tenía que vérselas con los marcos de posibilidades existentes, condicionamientos objetivos que seguían determinando por aquí y por allá, conduciéndola a través de duras situaciones y a fuertes tomas de decisión, jugadas serias en la partida de la vida. La alianza con Juan significó una transformación radical en ella y su prole, así como para los que luego vendrían, frutos de dicha unión. “Agarré a la gallina con todos los pollitos” nos decía Juan, mientras tomábamos mate en el patio delantero del actual predio familiar.
Esta red de contención, desde el punto de vista de los sujetos constituidos y constituyentes de estos fenómenos, ha significado la base para el sustento de hogares, el desarrollo de las capacidades subjetivas, los horizontes de posibilidades para intentar salir adelante y forjarse un destino, es decir, la malla de relaciones en las que se inscriben acontecimientos y prácticas donadoras de sentido y significación. Evidentemente, los vaivenes de la institución marcan diferentes ritmos y tipos de vinculación, que diferencia momentos y circunstancias. Quizás podamos apreciar la diversidad de posibles relacionamientos en la experiencia del colectivo de hermanos varones de la familia Saldanha. De los nueve, siete son hombres, de los cuales cuatro han estado o siguen estando dentro del ejército.

Martín: La corrupción empezó cuando los milicos empezaron a coimear a los jóvenes, pero creo que eso fue mucho antes de 1986, de que me fuera, porque tenía oídas de que los milicos negociaban con los gurises que salían a robar. Ahí va, llegó a mis oídos que había corrupción, que ya existiría. Y a partir de la corrupción, viene la falta de respeto. “¿Cómo te voy a decir que no, si soy el que alimento tus sinvergüenzadas?” Después, otro clic que me hizo: yo venía de paso al Uruguay [pues vivía en Buenos Aires], una muchacha paró un patrullero y le dijo: “he, no te metas con mi hijo que ustedes comen de mi mano. Y si voy a hablar con el Comisario ¿sabes cómo quedas preso vos?” Lo puteó de arriba a bajo al tipo… no podían decir “a”. Se ve que esta mujer le pagaba a ellos, o a su familia, entonces, cuidado. Entonces cómo podes pretender que haya respeto, de ninguna manera, no tienen potestad para decir “no hagas”. Y así se va pudriendo todo. […]
Fernando: Yo ingresé el 1 de agosto de 1982 y me jubilé en 1985, tuve un accidente dentro del servicio.
Martín: Entré en 1983, pero todo fue a raíz de la falta de respecto de la Policía con la gente de la zona.
Fernando: Claro… En el tiempo de las razias y todo eso, nos llevaban. A mí me llevaron como dos, tres veces. Y me agarraron a palo y todo allí en Jefatura y todo eso. Y después le digo a mi hermano Gerardo: “Voy a hacer una cosa, porque estoy cansado de que traigan y te lleven, te judean, después te largan, después te llevan de nuevo… Yo voy a conseguir [dinero] para sacarnos el Carné de Salud [y en Jefatura el certificado de buena conducta] y vamos a entrar en el Ejército, que yo tengo un conocido allí, el Cap. Pérez, que nos puede hacer entrar…”. Y fue así. Al otro día saqué el carnet de buena conducta, y fuimos a Comunicaciones 1 [donde trabajó, en el barrio cercano de Peñarol], y ahí nos hicieron ingresar, con fecha 1 de agosto del 1982, y ahí ingresamos los dos. Y el 16 de noviembre del 1982 tuve el accidente. Se le escapó a un oficial un tiro, y me entró debajo del corazón, a 5 cm., una 9 mm. [allí sigue instalada]. Y allí en 1987 me jubilaron, como cabo de 2ª con 36 años de servicio. […]
Martín: No, yo no duré nada, yo era muy rebelde.
Fernando: Sigue mi hermano, que está para el Congo ahora.
Martín: Yo podía aceptar ser subordinado pero no tomado el pelo. Si hay algo en que tengo la razón y vos no, discúlpame pero no te la puedo dar.


No resulta casual el hecho de que se trate de una de las familias extensas afro-descendientes más identificadas con la zona. En esta cartografía de subalternidades, además de encontrarnos con quienes fueron niños y mujeres rurales, se nos aparecen otros tipos, como el definido por la distinción étnico-racial. Se dan combinaciones, así como cada rasgos constituye un vector de subjetivación en sí mismo. La cuestión merece todo un capítulo aparte (Álvarez Pedrosian, 2009), pero vale anotar que el porcentaje entre los hombres afro-descendientes que se encuentran activos en la policía y el ejército duplica al que se encuentra entre los considerados a sí mismos como blancos (Cabela y Bucheli, 2006). Prestemos atención además en cómo, en el seno de una de las familias más extensas y tradicionalmente pobladora de la zona (en particular de la Unidad Casavalle I, “Las Sendas” por extensión), los haceres relacionados a los cuerpos policial y militar han estado significativamente presentes desde hace cuatro décadas, comenzando no tampoco por casualidad en el transcurso de la segunda parte de la última dictadura cívico-militar. En aquellos primeros años de la década del ochenta del siglo pasado, el ejército ofrecía tanto la posibilidad de acceder a escasos alimentos (pues además de los salarios, se distribuía carne y otros víveres) como a una categoría de “ciudadanos” diferente a la que imperaba en el estatus quo del régimen de facto, basado en una sospecha casi absoluta sobre cualquiera que no estuviera directamente relacionado a sus estructuras.
Estos mismos dos bienes, materiales y simbólicos, siguieron determinando las características que convertían a las instituciones castrenses en la solución frente a la condición de precariedad existente. A ello, en las últimas décadas, se han ido sumando otros factores que hacen a una seguridad aún más plena desde el punto de vista social y económico, pero como hemos visto, la situación dista mucho de ser satisfactoria. No debe pensarse el relacionamiento de los sujetos con estas instituciones responsables de la seguridad interna y externa del Estado como irreversible y totalizante; más bien todo lo contrario. La masa subalterna se mueve, en ella fluyen sujetos que entran y salen, eso sí, no con muchas posibilidades de volver a ingresar una vez ya se han retirado. Constituye por tanto una estrategia de las posibles, pero una de alto costo. Claramente se advierten algunos de los posibles inconvenientes: una herida que deja secuelas crónicas, o una experiencia que roza lo que puede ser evaluado por uno mismo como violenta y degradante.
Por eso mismo, ya fuera de contextos extremos como los de un ejército involucrado en el ejercicio de un gobierno dictatorial, arrastrando igualmente las determinantes históricas en una transición mucho más lenta que la acontecida en otros ámbitos sociales, la situación de quienes se encuentran inscritos en estos espacios y campos de experiencia ha ido cobrando nuevas características.4 De los hermanos Saldanha, dos siguen en el ejército, pero en situaciones diametralmente opuestas: Pablo, en el formato más tradicional –que acompaña su desempeño con otros trabajos relacionados al mantenimiento de casas y jardines en las zonas más acaudaladas de la ciudad–, y Pedro, quien es partícipe de la nueva etapa y de la resignificación que la misma conlleva, al ser miembro de las llamadas Misiones de Paz de las Naciones Unidad en territorios de alta conflictividad, en este caso en la Rep. Democrática del Congo (ex Zaire). Las partidas y llegadas de esposos, hijos, vecinos y conocidos a diferentes zonas de conflicto internacional han contribuido al ensanchamiento del horizonte antropológico de los habitantes de la zona. El mencionado Congo ex Zaire (y ex Belga, sin nos remontamos más en el tiempo), y Haití, se han convertido en referencias cercanas para los casavallenses, aunque sea nominalmente.5
Una nueva lógica en lo relativo al llamado “orden mundial”, que incluye el despliegue de organismos internacionales en diferentes focos bélicos en latencia de mayor o menor intensidad, ha generado una alternativa para la institución militar nacional y más profundamente, en las subjetividades involucradas en sus filas, que como hemos visto, se nutren principalmente de habitantes de las periferias urbanas locales. Podemos decir que se establecen ciertas diferencias de clase entre los hogares que cuentan o no con ingresos procedentes de estas prácticas internacionales. Para quienes, además, ya se cuenta con cierta tradición familiar en relación al cuerpo castrense, la nueva situación fomenta la reproducción con la incorporación de las nuevas generaciones. Algunas familias están integradas, como hemos visto, por varios hombres y también recientemente por mujeres involucradas al ejército y a la policía. La familia de Marta por ejemplo, de fuerte presencia en “Las Sendas” en tanto vecinos históricamente asentados en el barrio, se sostiene en gran medida por este tipo de ejercicios llevados a cabo por su marido, lo que ha motivado que sus hijos fueran ingresando de a uno al cuerpo militar. La situación de uno de ellos es sintomática, constituyendo su propio núcleo familiar y con la llegada de un nuevo niño:

Marta: … recién están haciendo esa casita, porque nos falta un [lugar]… y él recién ingresó en el Cuartel, viste que el estaba tres meses en un lado, tres meses en otro. Nació el niño chico, y bueno dijo “bueno, tengo que buscar la seguridad”. Y bueno, el sueldo no es mucho, pero ta, con las ventajas y posibilidades de que él pueda… la ventaja del milico. Tengo otro que hace dos años que está. En dos años los préstamos del [Banco] República y le dan 50 palos [mil pesos uruguayos], entonces con eso terminas tu casita. O sea, al Estado lo tenés que usar, antes que él te use a vos (risas).

Las “ventajas del milico” son difíciles de igualar: acceso a sueldos internacionales, a préstamos, etc. Se trata de nuevas formas de alcance global de algo que viene de lejos: la migración campo-ciudad, los contextos de pobreza rural, y esta red de contención principalmente masculina y desde la cual logran sostenerse muchísimos hogares de la periferia. Es muy interesante el efecto de extrañamiento que se genera cuando contrastamos el panorama de tantos vecinos directamente involucrados a estos fenómenos, atravesados por estos procesos, y el concerniente al manejo de los 60 millones de dólares americanos anuales que ingresan a las Fuerzas como pago de las prestaciones por parte de la ONU. En estos momentos, en los cuales se debate en torno a las condiciones de vida de los sectores vulnerables de la sociedad desde el rosto de los miles de militares subalternos, se develan una serie de fraudes y malos manejos de los fondos que desde 1992 comenzaron a ingresar a la institución. Es importante anotar que la institución castrense recién fue objeto de auditorías por parte del Estado en estos últimos años, en el contexto de grandes cambios.
En la caracterización de este vector de determinación y generación de procesos identitarios, desde una mirada extrañada (lo más próxima y lejana a la vez), se hace necesario problematizar la realidad desde el núcleo de sus contradicciones, ambivalencias y paradojas: La pregunta –que de obvia parece nunca formularse– sería: ¿cómo es posible que la zona sea, al mismo tiempo, una de las consideradas como de mayor delincuencia y una de las de mayor concentración residencial de militares y policías? Éstos trabajan en toda la ciudad, país, y hasta en el extranjero en el caso de quienes pasan a ser contratados como cascos azules en las misiones de paz de la ONU. Pero su propio barrio aparece ante la opinión pública –amasada principalmente por la televisión, y muy presente hasta en sus propios habitantes– como la “zona roja” por excelencia (Wacquant, 2007).
Cuando nos informamos de cuáles son aquellas tareas que no son de combate y que de hecho desempeñan quienes participan en misiones militares en el África Ecuatorial o en el Caribe –apoyo comunitario–, terminamos por quedar consternados ante una realidad disociada y hasta opuesta entre lo que se hace afuera y lo que se hace allí, en casa. No se trata de que los propios sujetos que son miembros de los cuerpos militares y policiales tengan que tomar por sus manos el impulso por el desarrollo de la localidad. Tampoco sirve explicar la situación en base a teorías conspiratorias y utilitarismos donde todo se reduce al interés individual. Lo que antropológicamente es relevante, es la existencia de estos mundos, campos de experiencia, planos de inmanencia que operan según esta disociación y contradicción, y cómo ello se asocia a las formas de ser, las identidades y subjetividades que conforman y son conformadas en y por dichas realidades.

El hecho de que haya tantos vecinos de la policía y el ejército, ¿no hace que la ley esté más presente? ¿Cómo conviven ambas cosas?
Silvia: Mirá, claro. Primero, el que es milico del Cuartel, es milico del Cuartel, vive en su casa. Porque aparte viste, siempre tiene eso de que es: “acá mando yo, y yo vine”… como dice mi hermano: nacen uniformados y mueren uniformados. El coronel es coronel hasta que se muere, en cambio el de la policía, después que se jubila, pasó a ser un pichi. El de la policía, en lo posible, no se mete porque –no tanto los que se drogan– pero los que roban, con los de la policía, no va. Ni te digo los de La Republicana, o los de La Metro[politana]… a [los adictos a la pasta base] no los dejan vivir. […] El único milico que vive en el barrio, que se da con todo el barrio, que no tiene problema nunca, jamás, es mi hermano. Mi hermano, desde el año 1958 también se mudó acá. Y él, toda la vida fue milico hasta que se jubiló [recientemente]. Jamás mi hermano tuvo problema, porque él siempre trató de ayudar. Siempre trató de ayudar a todo el mundo. Dentro de lo que él pudo, como persona y como conocía, siempre ayudó a todo el mundo. Eh… sin arriesgar, porque… Obvio. Pero, por ejemplo hay un muchacho, que una vez lo agarraron mal y lo metieron preso. Lo tuvieron a palo, a palo y a palo. Y dice “una noche, me llevan al baño, me dicen ‘lavate la cara’, voy a la celda, tenía comida: me habían llevado chivito. Estaba muerto de hambre, pero no sabía si comer o no: ‘¿qué es, la última cena?’ Después de esto me matan” dice, “porque me dieron dos días palo y ahora…”. “Me preguntaron: ‘¿estás bien?’. Cuando sentí la voz de tu hermano…”. “¿Qué te pasó?”. Ta, no sé cómo lo arreglaron ahí, fue preso, pero… Como él dice: “yo reconozco, yo perdí bien, y ta voy a ir preso, pero no veo porqué me tienen que pegar.” […] Siempre tuvo tipos de reacciones así.
Pero vos ves que en lo general…
Silvia: En lo general, nadie se mete. Es para peor. Aparte, si no sabes hacerle frente a la situación, ta, te tenés que mudar porque…



Esta claro que el problema radica en los límites de esta tensión, en lo soportable que pueda llegar a ser,6 en la terrible aporía de la violencia como generadora de realidad, y por tanto de existencia (Taussig, 2003). En este sentido, “estar armado”7 tiene una significación muy relevante, asigna una identidad asociada a la autoridad, pero de un tipo particular: exige tener una suerte de “armadura” en el vecindario, en los espacios cotidianos de relacionamiento, en la cercanía de otros militares subalternos o policías; de ahora, de antes o del futuro próximo. Es evidente el carácter fragmentario de esta lógica de producción de subjetividad, lo que se traduce en narrativas discontinuas y memorias más o menos inconmensurables.
Por 1970 el poeta y cantante Alfredo Zitarrosa, capturaba esta realidad antropológica en su Chamarrita de los milicos, situando la escena en los bares o “boliches” del barrio del Cerrito de la Victoria (toponímico de evocación bélica), la zona de ciudad consolidada más próxima a la cuenca del Casavalle. En el contexto de las “medidas prontas de seguridad” adoptadas un par de años antes, cuando los acontecimientos se desencadenaban trágicamente hacia el golpe de Estado de 1973, la mirada aguda y comprensiva del poeta nos ponía en contacto con esas gentes y esos mundos, poniendo en evidencia la necesidad de superar las contradicciones propias de las víctimas en posición de victimarios. No se trataba de un otro exótico, más bien de uno bien cercano, para muchos profundamente desconocido aunque presente, fantasmal. Cuarenta años después, aún nos seguimos encontrando ante la necesidad de exorcizar también estos demonios, en el conjunto de los efectos traumáticos generados por el terrorismo de Estado primero, y por el neoliberalismo después.


Los boliches del Cerrito
no son para los ricos;
si alguno llega a entrar,
difícil que haya lugar.
Allí cerca hay un cuartel
con cañón y coronel.

Chamarrita cuartelera,
no te olvides que hay gente afuera.

La otra noche en una farra,
un milico con guitarra,
mirándolo al patrón
le cantaba esta canción:
“aunque salga a hacer mandados,
un milico es un soldado”.

Chamarrita de los milicos,
no te olvides que no son ricos.

Los boliches del Cerrito
están llenos de milicos
con ropa militar
y otros de particular:
una cosa es una cosa
y otra cosa es otra cosa.

Chamarrita del miliciano,
los milicos son tus hermanos.

Si se forma algún merengue,
el cuartel de los Blandengues
se queda donde está
–cada cosa en su lugar–;
los milicos no son bobos,
aunque sirvan para todo.

Chamarrita de los milicos,
no te olvides que no son ricos.

Los boliches del Cerrito
están llenos de milicos,
y el milico cantor
les entona esta canción:
“Cuando pasa el Presidente,
los milicos ya no son gente.”

Chamarrita cuartelera,
no te olvides que hay gente afuera,
cuando cantes pa’ los milicos,
no te olvides que no son ricos,
y el orgullo que no te sobre,
no te olvides que hay otros pobres.
Chamarrita de los milicos

Alfredo Zitarrosa
Versión original, cara A del Simple homónimo (Orfeo, Montevideo, 1970).


Bibliografía

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Citas

1 Dr. y DEA en Filosofía: Historia de la Subjetividad (UB, Catalunya-España), y Lic. en Cs. Antropológicas (UdelaR, Uruguay). Docente e investigador en Antropología Cultural y Epistemología de las Cs. de la Comunicación (LICCOM-UdelaR). Miembro del SNI-ANII (Uruguay).
2 Memorias migrantes subalternas, que también se muestran en la heterogeneidad de un “interior” para nada simple y uniforme, así como en la existencia de una región transfronteriza, atravesada permanentemente por flujos: “Me refiero a las memorias del migrar como experiencia traumática, extirpadas de la memoria histórica por una impecable política de amnesia y asimilación, y al escamoteo, complementario a la sublimación de los orígenes nacionales, de la cíclica emigración de uruguayos a los países vecinos… una profunda, oscura, suprimida cultura del estar yéndose… Uruguay ha sido una transtierra, parafraseando a José Gaos, un ámbito migratorio que moldeó una cultura portátil, maleable, de “pueblo en fuga”, por debajo y a pesar de la cultura uruguaya hegemónica. Una cultura transculturada y transculturante, plástica y resistente, trashumante y querendona.” (Trigo, 2003: 173-174).
3 Todos los nombres han sido alterados para respetar el anonimato.
4 Desde la década de 1990, una vez concluidos los procesos transicionales post-dictatoriales en América Latina y caído el modelo bipolar con la desintegración de la Unión Soviética y su Bloque: “… [la] situación lleva a las fuerzas de la región a una «crisis existencial». Al cerrarse las posibilidades de tener una fuerza armada que, eventualmente, tenga que enfrentarse a un combate clásico, quedando como actividades principales la acción contrainsurgente u otras derivadas, la preparación para ese tipo de combate tradicional asume un carácter ritualístico. La institución en su conjunto mantiene fines trascendentes en los aspectos políticos, dado su autodefinición de organización fundadora de la Nación, garante de su orden institucional y social, pero no puede mantener una organización de combate similar a la de los países avanzados de Occidente.” (Rial, 1991: 71).
5 “Desde los inicios de la década de los 90’ la participación en Misiones de Paz –sean o no de ONU– se ha convertido en una de las tareas accesorias para las que las FF.AA. movilizan más recursos y materiales [cita: [en 2005] son más de 2600 los militares uruguayos que participan… es el país que realiza el mayor aporte de militares a misiones de la ONU en relación a su población]... las motivaciones principales que explican el desproporcionado volumen alcanzado por esta tarea accesoria parece ser el complemento de las retribuciones del personal, la posibilidad de modernizar equipamiento y de entrenar al personal… ONU realiza importantes pagos por concepto de salarios los cuales son transferidos íntegramente… lo que representa para ellos ingresos muy relevantes [cita: Debe agregarse que… continúan recibiendo sus retribuciones normales, a las que se suman algunas otras mejoras salariales, además de ciertas ventajas en el cómputo de los tiempos necesarios para acceder al derecho de retiro. Por otra parte, la participación en misiones de paz constituye un mérito a la hora de los ascensos, etc.]… ONU ha incurrido en recurrentes atrasos de meses en las partidas… las tareas… son básicamente de patrullaje, supervisión de actividades y desarme de grupos irregulares y –de hecho– apoyo comunitario y control social, ya que operan típicamente en áreas sin Estado.” (González, Gonnet, Ramírez, 2005: 19-20).
6 “Pobreza dentro de un contexto de violencia parece ser el mecanismo estándar de integración de los marginalizados urbanos. Segmentos considerables de la población de América Latina sobreviven en la economía y sociedad informal, donde se comparte la pobreza y la violencia diariamente… Es paradójico que varios gobiernos latinoamericanos, como los líderes populares y las autoridades religiosas en su contexto local, han aceptado una coexistencia pacífica de facto con los actores no estatales de la violencia, mientras que ellos públicamente no constituyen una amenaza para las autoridades políticas de nivel nacional. La pregunta clave es, por supuesto, cuanto tiempo más la estabilidad del orden económico, social y político en América Latina puede ser garantizada en este precario equilibrio entre los niveles “aceptables” de exclusión y los niveles “aceptables” de la violencia.” (Kruijt, 2008: 67-68).
7 “Los policías se caracterizan por encontrarse en condición de armados. Por un lado, se puede decir que se encuentran literalmente armados. Portan un arma, la cual se convierte en un signo y en un instrumento de autoridad en el mundo policial. Posee una imagen de fuerza, tiene la capacidad para inspirar temor ante los otros y se le considera sinónimo de seguridad personal… Sin embargo, en un sentido figurado, también se puede señalar que los policías están armados. Es decir, los policías, al pertenecer a la institución, van reconociendo el conjunto de conductas de rol apropiados, desarrollan habilidades y destrezas laborales, y se van ajustando a las normas y valores del grupo y de la institución misma.” (Suárez de Garay, 2005: 94).