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Conversatorio Arte urbano y arquitectura patrimonial: La ciudad en disputa






Un Diálogo interdisciplinar en torno a las intervenciones artísticas en edificaciones de carácter patrimonial.

Viernes 17/09/2021

Integran el panel : - Dr. Eduardo Álvarez Pedrosian - Coordinador del Labtee, FIC-Udelar. Presentador - Diego González (Gsn) - Dibujante, grafitero, muralista - Arq. Emilio Nisivoccia - Instituto de Historia de la Arquitectura, FADU-Udelar - Dr. Ricardo Klein - Departament de Sociologia i Antropologia Social, Universitat de València - Silvia Listur - Gestora Cultural, comisaria de la Bienal de arte de Venecia en el 2011 Moderan : Josefina Giucci y Luciana Almirón (Labtee) Laboratorio Transdisciplinario de Etnografía Experimental (Labtee) del Departamento de Ciencias Humanas y Sociales (DCHS), FIC- Udelar.

 


Narrativas barriales: explorando juntos nuestra ciudad (serie de informes etnográficos)







Año de producción y emisión: 2018

Duración completa: 01:00:00

País de rodaje: Uruguay

Idioma: español

Director: Eduardo Álvarez Pedrosian (coordinación general y director de investigación), Pedro Cayota (cámara y edición), Rodrigo Vidal (edición), equipo de Informe Capital-TV Ciudad (edición y puesta al aire).

Productor: Eduardo Álvarez Pedrosian (coordinación por Labtee-FIC-Udelar) y Eduardo Delgado (coordinación por Informe Capital - TV Ciudad)

Sinopsis: Serie ganadora del Premio Nacional de Urbanismo 2019 categoría Comunicación Social (MVOTMA, Uruguay). Desde un taller de etnografía abierto a la población en el Espacio Cultural Bibliobarrio, se exploran ocho casos desde miradas que problematizan las formas de habitar el Montevideo contemporáneo. La serie integra la investigación e intervención de mayor alcance situada en los territorios del histórico segundo ensanche de Montevideo, y centrada en los procesos de subjetivación y las formas de habitar que lo caracterizan. Es una zona central que al mismo tiempo pasa desapercibida en cuanto operación urbanística, su estudio encierra claves para el análisis de las dinámicas urbanas más relevantes, en especial en la tensión entre el deterioro y la gentrificación. Diversos aspectos ligados a la movilidad, el trabajo, los espacios públicos, el ambiente, las poéticas espaciales y arquitecturas emblemáticas de modelos y proyectos sociales, son abordados a partir de exploraciones colaborativas y experimentales en la articulación de saberes y subjetividades.

1- Gloria. Servicio de pasajeros de trenes: un auténtico Ave Fénix (incluye Presentación General)

2- Raquel. Sierra y Miguelete: la esquina moderna que no fue

3- Alberto. Parque Líber Seregni, un cambio de paradigma

4- Graciela. Enriqueta Comte y Riqué y su jardín de infantes

5- Edda. El arroyo Seco y sus ramales

6- Inés. Tres Cruces: el verde de mi niñez

7- Javier. Huellas en el cotidiano barrial del Reducto

8- Álvaro. Oxigenar el espíritu desde el Parque Rodó


Notas en prensa:

En Efecto Mariposa, Radio Uruguay (RNU), 2020

En Sala de Redacción (FIC-Udelar), 2019




"Si derrumban Los Palomares y dejan sola a la gente es barrer abajo de la alfombra" (Entrevista)




"Si derrumban Los Palomares y dejan sola a la gente es barrer abajo de la alfombra"





Una investigación ilumina la trayectoria y diversidad del barrio Casavalle

A un año de la nueva plaza Casavalle: Entrevista a Eduardo Álvarez Pedrosian






9-12-2014 - 15:00

Entrevista realizada por la Unidad de Comunicación del Municipio D a Eduardo Álvarez Pedrosian, autor del libro Casavalle bajo el sol. 

La entrevista fue realizada en la Plaza Casavalle, epicentro de la investigación que Eduardo Álvarez Pedrosian realizó durante los años 2007-2009. La Plaza no existía, tampoco el SACUDE ni espacios institucionales como el mismo Plan Cuenca Casavalle.

Por eso lo invitamos a compartir los aportes más destacados del libro, de su experiencia con el territorio desde el mismo territorio, brindando una mirada en perspectiva histórica reciente, dando cuenta de permanencias y cambios detectados previo al primer aniversario de la Plaza Casavalle: Un lugar para todos.

La entrevista está dividida en 6 partes a las que se puede acceder a continuación.






Entrevista a Eduardo Álvarez Pedrosian

La encrucijada: para pensar juntos el Uruguay y su sistema educativo


Entrevista en CX 30 Radio Nacional, 2 de septiembre de 2015, programa radial Yo te lo dije, por Alejandra Casablanca y Jorge Temponi: La encrucijada: para pensar juntos el Uruguay y su sistema educativo.




Entre paros y a la espera/ Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en espera/ Los números del presupuesto previsto para la educación y el análisis del Ec. Daniel Olesker, director de la Unidad Presupuesto del Instituto Cuesta Duarte del PIT CNT, docente y ex ministro/ La encrucijada: para pensar juntos el Uruguay y su sistema educativo entrevistamos al docente universitario, antropólogo y filósofo, Eduardo Álvarez Pedrosian

Entrevista completa





Documental: Plan Socio-habitacional Juntos. Reflexiones académicas




Documental realizado por el Programa APEX-Cerro de la Udelar, sobre el Plan Socio-habitacional Juntos, Montevideo (Uruguay), 2014. Realización: Miguel Olivetti y Federico Valdés.






Fractura expuesta. Desbordes veraniegos y territorios en disputa




Los espacios urbanos, cada  vez más diferenciados, tienden a convertirse en territorios en conflicto. La polarización entre generaciones y estratos sociales atraviesa zonas tan discímiles como Punta del Este y Casavalle, Rivera y Punta del Diablo, pero llega a la escena mediática como alarma pública. Un informe más allá de los fuegos de artificio.


Entrevista en Semanario Brecha, Año 29, n.° 1470, 24/enero/2014

Nota completa: http://brecha.com.uy/index.php/sociedad/3148-de-sintomas-y-enfermedades


Nuestra casa es el mundo. La uruguayidad en el contexto de la mundialización de las culturas





 




Álvarez Pedrosian, E. (2012) "Nuestra casa es el mundo. La uruguayidad en el contexto de la mundialización de las culturas", en La inserción internacional del Uruguay. Un enfoque interdisciplinario. Café y Tertulia, Colección 1|11, Espacio Interdisciplinario-Universidad de la República, Montevideo, pp. 43-55.

Tertulia completa en audio (UniRadio): http://www.uniradio.edu.uy/?p=3377



 
1 La perspectiva de las ciencias humanas y sociales y el análisis de los procesos de subjetivación

La identidad como proceso múltiple en devenir
Nuestro interés es presentar la problemática de la inserción internacional del Uruguay desde el punto de vista de la confluencia de las ciencias humanas y sociales en lo que refiere al estudio de las prácticas y maneras de hacer que definen a su vez formas de ser, es decir procesos de subjetivación (Guattari, 1990). En este sentido, más que referirnos a la inserción de una entidad abstracta y acabada en sí misma que podríamos llamar “Uruguay” (el Estado, la Sociedad, la Cultura, etcétera) nos centraremos en la “uruguayidad”, como el complejo múltiple de procesos de subjetivación que afectan a quienes se consideran a sí mismos y son considerados por los demás como uruguayos (Álvarez Pedrosian, 2008). En tal sentido, en vez de pensar en la internacionalización como una esfera general donde coexisten dichas entidades formales (la realidad como si fuera una Asamblea de la ONU o como un mercado formado por empresas), tomaremos en cuenta el conjunto de fenómenos que han sido conceptualizados como “mundialización” de las culturas (Ortiz, 2004), y más en general de aquellos procesos de subjetivación antes mencionados. Por tanto, más que de la internacionalización del Uruguay, necesitamos pensar en la transculturación de la uruguayidad como la forma de comprender cabalmente el contexto contemporáneo en el cual nos encontramos inmersos, a veces en nombre de ciertas instituciones más o menos formalizadas, otras desde la historia de vida y las vivencias de cada uno de quienes van y vienen, conforman una diáspora en otra parte del mundo, etcétera.
 
Una mirada holística
Todo lo anterior nos permite pensar en lo que pasa con nosotros, seres humanos concretos, atravesados por innumerables condicionamientos y determinaciones, pero también capacitados por la creatividad y la innovación que nos permite transformar el mundo en que vivimos y al que colaboramos a construir. Una mirada integradora, que trate de dar cuenta de los variados aspectos y fenómenos de la experiencia humana es lo que denominamos “holismo”, términos griego que significa un tipo de totalidad y ha tenido una variedad de usos en los ámbitos científicos y filosóficos a lo largo de los siglos (Ferrater Mora, 1999). La misma no es necesariamente cerrada, aquí la pensamos como una síntesis siempre parcial, abierta. Esto nos permite alcanzar a plantearnos la cuestión buscando articular lo cultural, social, económico, político, comunicacional, en fin todo aquello que artificialmente estamos acostumbrados a separar cuando en los hechos se dan en forma conjunta. Las diferentes formas de ser que se identifican con lo uruguayo involucran todas estas esferas para nada aisladas, y nuestra mirada debe considerar las formas en que las mismas se relacionan y nunca intentar analizar, por ejemplo, lo que hacemos en términos estrictamente comerciales sin tomar en cuenta qué sentidos y valores le otorgamos al comercio, a las formas de intercambio, a cómo concebimos todo ello y las prácticas que tradicionalmente hemos venido llevando a cabo. De lo contrario no entenderemos qué es lo que estamos haciendo y por dónde realizar las transformaciones que pretendemos como las más positivas para la mejora de la calidad de vida de todos los involucrados.
 

2 Una breve historia y su reciente aceleración

En tal sentido, debemos tomar en cuenta que toda configuración subjetiva está conformada por variados modelos y matrices que históricamente van configurándose, a veces en forma solapada, otras siendo removidas y actualizándose a cada paso. Entre la permanencia y el cambio, la tradición y la transformación, somos herederos y agentes de creación de estas maneras de ser según prácticas bien específicas. Desde la teoría de la interpretación (hermenéutica) se hace alusión a la imagen del palimpsesto, aquellos manuscritos medievales que eran reutilizados pero donde quedaban huellas de los usos pasados y eran reinterpretados en busca de su dilucidación. El pasado está presente, es el presente, por lo que la uruguayidad en tanto complejo de múltiples procesos está constituida por elementos de variadas procedencias históricas, algunos más recientes, otros más antiguos, algunos más alterados y otros menos. De esta manera podemos ver cómo existe una “historia cultural” hecha de matrices, determinaciones y creaciones de nuestro “país frontera”. A continuación vamos a identificar muy grosso modo algunos de estos componentes que ya hemos cartografiado en otra ocasión (Álvarez Pedrosian, 2008).
Una primera capa arqueológica la ubicamos como el trasfondo criollo, emergido en los momentos de la Colonia, la emancipación y conformación de la sociedad local en la mezcla de aquello que quedó de las poblaciones originarias y los colonizadores y primeros y escasos inmigrantes. De dicha matriz nos ha quedado ese espíritu federalista y la noción de región, “pago” que nos articula más allá de fronteras nacionales, algo tan actual en nuestros tiempos de integración regional. Pero también tenemos que seguir trabajando cierta orfandad y desvalorización que parece vigente y nos restringe en nuestros esfuerzos de transformarnos en algo mejor, en tanto que restos de toda forma de colonialismo.
Una segunda matriz de configuraciones culturales, políticas, sociales, económicas… es decir de procesos de subjetivación, está dada por la modernidad batllista. De las transformaciones generadas a principios del siglo XX y desde allí la conformación de un poderoso imaginario social, mitologías y sistemas de valores, hemos heredado mucho. Un sentir democrático y democratizador, el vanguardismo y cosmopolitismo que han caracterizado a la uruguayidad a lo largo del siglo pasado, también se desarrollaron junto a cierto paternalismo estatista y de fuerte sustento positivista, desde el cual se pueden rastrear, por ejemplo, la tendencia a homogeneizar las diferencias, esconder las desigualdades y negar la diversidad, todo lo cual es necesario superar para lograr una potenciación de nuestras fuerzas productivas en todo sentido.
Posteriormente, la crisis y caída de la “República Modelo” que se había erigido desde dicha configuración, dio paso a una “generación crítica”, que calara hondo en sectores intelectuales y literarios, y que a través de los medios de comunicación especialmente escritos se extendiera y tiñera una vez más a la uruguayidad de un nuevo tono. Esta vez el valor de la duda, el pensamiento utópico y la subversión de la razón, también implicaron disposiciones y actitudes tendientes a la inacción, fruto del mismo racionalismo en su cara inconformista. Nuevamente las formas culturales identificadas con lo uruguayo recalaban en imágenes como las del “País Petiso”, expresando un sentimiento de desamparo y exclusión frente a un mundo visto como ajeno y lejano.
Para muchos autores, hemos pasado “de crisis en crisis” desde 1933 con la “Dictablanda” de Terra, siendo la última dictadura cívico-militar (1973-1985) el más reciente mojón al respecto (Trigo, 1997), el que puso definitivamente el tela de juicio el carácter “amortiguador” de las relaciones sociales modernas (Real de Azúa, 1984), que si bien nunca lo fueron del todo, sí operaron en los tipos ideales fomentados por las instituciones. Las formas más sombrías se hicieron carne allí: el miedo generalizado, la fragmentación de los lazos sociales, el fomento del individualismo, abonó el terreno como para que décadas después las formas neoliberales se instalaran finalmente (Rico, 2004). La crisis económica centrada en 2002 también lo fue desde el punto de vista psicosocial y cultural. Los efectos de la máquina fascista alimentada por el miedo y la desesperanza, se vieron cristalizadas en una pobreza estructural que aún hoy no hemos podido desactivar. Los dilemas actuales responden a todas estas herencias, y en especial a las provenientes de estos últimos procesos: cómo hacemos para integrar lo desintegrado, para superar efectivamente la gran fragmentación social y desigualdad que se reproduce entre nosotros, en una sociedad donde la pobreza tiene rostro de niño y mujer. Mientras todo esto sucede, el planeta en su conjunto experimenta una aceleración del tiempo y una interconexión cada vez más densa.


3 El contexto de mundialización de las culturas
 
           Si nunca existieron identidades cerradas, el contexto contemporáneo no deja lugar para tales ilusiones. Ninguna configuración cultural y social estuvo aislada, más allá de que ciertamente han existido diferentes temporalidades y espacialidades: más lentas o más veloces, más distantes o más cercanas. Si analizamos cualquier forma humana de existencia como las nuestras, nos encontraremos que todo “adentro” está hecho de elementos presentes en el “afuera”, y en tal sentido, en el fondo, todo está conectado en una gran red o rizoma de vinculaciones. Esto no niega que se generen, como efectos, diferentes versiones de identidades específicas, síntesis parciales que se presentan como totalidades en sí mismas. Pero una cosa no niega la otra: lo importa es alcanzar a comprender lo complejo y múltiple que son las cosas, incluidos nosotros mismos, y cómo nada es excluyente.
           Es así que nos encontramos con situaciones de multi-culturalidad –tan conocidas para el caso de la uruguayidad por el aluvión inmigratorio de la primera mitad del siglo XX y las colectividades generadas desde entonces (Arocena y Aguiar, 2007), así como de inter y trans-culturalismo (Álvarez Pedrosian, 2009), dimensiones y aspectos donde se mantienen diferencias y repliegues sobre sí y otras de atravesamiento que dan origen a nuevas configuraciones del mismo tipo y de otros. En tal sentido, siempre han existido diferentes procesos de agrupamientos y conectividades: desde las revoluciones prehistóricas como la neolítica, pasando por las grandes civilizaciones antiguas en el Viejo Mundo, o las existentes en la América previa a la conquista europea (Boas, 1964). Por eso el término “globalización” no parece muy eficaz para dar cuenta de los fenómenos contemporáneos: como redes que se tejen y se tienden sobre diversas extensiones y agrupando elementos, la expansión del helenismo con las conquistas de Alejandro Magno desde el Mar Egeo hasta el corazón del Asia Central, o los caminos que atravesaban el Tahuantinsuyo incaico, siempre han existido comunicaciones entre formas diferentes, y junto al comercio de bienes materiales, alimentos y manufacturas iban las ideas, los inventos, costumbres y estilos de vida, y con todo ello formas de ser en tránsito (Clifford, 1999).
La situación paradojal que tenemos ante nosotros y que pone en jaque la genuina articulación de lo que llamamos sociedad uruguaya en el mundo contemporáneo, es algo que ya pensadores como Marx y Engels habían puesto sobre la mesa a fines del siglo XIX: existen semejanzas y diferencias que atraviesan las formas que idealmente definen los límites entre naciones, haciendo que ciertos sectores de una y otra sociedad se encuentren más cerca que lo que están otros sectores de las mismas sociedades pero que se distinguen por la desigualdad en sus condiciones de vida. Y es que el “otro” es definido de diferentes formas: por la diversidad, la diferencia o la desigualdad (Boivin, Rosato, Arribas, 1998). Antes hablábamos de clases sociales, las mismas no han desaparecido, pero es cierto que se han desdibujado. En las últimas décadas el capitalismo en su fase de mundialización integral ha alcanzado a cubrir con sus redes todo el planeta, en diferentes densidades e intensidades (Guattari, 1990; Wallerstein, 2004). Junto a ello, la pobreza y miseria de ha multiplicado, y la brecha entre las antiguas clases se ve polarizada entre lo que comúnmente se denomina como “incluidos” y “excluidos”, o mejor aún “integrados y desintegrados”. Estos términos tienen que ver con el sistema capitalista, pues en otros muchos aspectos quienes se encuentran fuera de las redes de producción, distribución y consumo del sistema hegemónico lo están dentro en otras formas, y de alguna u otra manera se ven conectados al mismo, siempre en el peor de los lugares posibles. Nuestra región a escala planetaria, América Latina, es la más desigual de todas, y la sociedad uruguaya ha visto un proceso de acercamiento a las otras sociedades vecinas en tal sentido, se ha integrado paradójicamente al conjunto de las sociedades menos integradas.
Nos parece que la búsqueda de una mayor y mejor presencia de lo que los uruguayos hacen y son en el contexto contemporáneo de mundialización de las culturas y los procesos de subjetivación, tienen que acompañarse de una reintegración y creación de nuevas formas de comunicación hacia lo que a veces ingenuamente se considera como un interior puro y simple. De nada sirve, o peor aún, es muy perjudicial, tener sectores de la sociedad experimentando la fascinación de la interconexión a escala planetaria, disfrutando de los encuentros heterogéneos provocados por la movilidad de sujetos y objetos, de ideas y todo tipo de creaciones humanas, cuando a tan solo unos cientos de metros y unos minutos de distancia la brecha se va acentuando cada vez más. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación nos brindan herramientas de una gran potencialidad para innovar al respecto, pero se hace necesario que adoptemos políticas específicas y desarrollemos prácticas y haceres que modifiquen aquellas configuraciones subjetivas donde se condena a algunos a sobrevivir como puedan. De lo contrario, el Uruguay como marca, como consorcio empresarial, puede ser que logre crecer y vender cada vez más por todo el mundo, pero los uruguayos irán indefectiblemente enfrentándose en un contexto de desigualdad que ser hará por ello mismo cada vez más intolerable.

Referencias bibliográficas
Álvarez Pedrosian, E. (2008) “Cartografías de la uruguayidad”, en RELEA, N° 27: Perspectivas interculturales de América Latina. Carnavalización, mestizaje y heterogeneidad. CIPOST-UCV, enero-junio, Caracas, pp. 109-128.
— (2009) “Sobre carabelas y pateras. Reflexiones desde un contrafestejo de la comunidad afro en Barcelona”, en Rasner, J. (comp.) La comunicación en la era de la mundialización de las culturas. Exploraciones transdisciplinarias. CSIC-UdelaR, Montevideo, pp. 141-145.
Arocena, F. Aguiar, S. (edits.) (2007) Multiculturalismo en Uruguay. Trilce, Montevideo.
Boas, F. (1964) Cuestiones fundamentales de antropología cultural. Solar, Buenos Aires.
Boivin, M. Rosato, A. Arribas, V. (1998) Constructores de otredad. Eudeba, Buenos Aires.
Clifford, J. (1999) Itinerarios transculturales. Gedisa, Barcelona.
Ferrater Mora, J. (1999) Diccionario de Filosofía. Ariel, Barcelona.
Guattari, F. (1990) Las tres ecologías. Pre-textos, Valencia.
Ortiz, R. (2004) Mundialización y cultura. Convenio Andrés Bello, Bogotá.
Real de Azúa, C. (1984) Uruguay, ¿una sociedad amortiguadora? CIESU-EBO, Montevideo.
Rico, Á. (2004) “La dictadura, hoy”, en Marchesi, A. Markarian, V. Rico, Á. Yaffé, J. (comps.) El presente de la dictadura. Estudios y reflexiones a 30 años del golpe de Estado en Uruguay. Trilce, Montevideo, pp. 222-230.
Trigo, A. (1997) ¿Cultura uruguaya o culturas linyeras? (Para una cartografía de la neomodernidad posuruguaya). Vintén, Montevideo.
Wallerstein, I. (2004) “El análisis de los sistema-mundo”, en Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos. Akal, Madrid, pp. 134-150.

Conversaciones en Casavalle




Un encuentro entre Eduardo Alvarez Pedrosian, Diego Barboza y Wilton Andrada se transformó en una interesante entrevista que compartimos por este medio. Eduardo es antropólogo, doctor en filosofía y autor del libro “Casavalle bajo el Sol” de próxima aparición. Diego es docente y maestro comunitario, trabajó muchos años en Unidad Casavalle y es a partir de un trabajo comunitario que realizaba con vecinos, que Eduardo se vincula con la zona y comienza su interesante estudio. Wilton es historiador, aficionado a la historia, editor del sitio http://www.casavalledigital.com/ y actualmente concejal vecinal por Casavalle.
Los tres se conocían indirectamente, de nombre, a través de apariciones en la prensa y de publicaciones en Internet. Luego de varios años de trabajo sobre un mismo objeto, la vida los encuentra y se genera una charla que compartimos con todos los seguidores de Casavalletaims.com.

Una entrevista donde los tres hablan abiertamente, sin tapujos, sin pelos en la lengua, ineludible para todo aquel que pretenda efectuar un trabajo social y cultural en Casavalle, sin caer en el continuismo de los últimos 50 años.


Nota completa:
http://casavalletaims.com/2012/02/20/casavalle-bajo-el-sol/

Audio:
http://www.poderato.com/file_send/mp3.mp3?mp3=28257l16303l114422.mp3

Columna de cierre - Mateína 2002-2010



Mateína Columnas de cierre: Eduardo Álvarez Pedrosian, antropología y filosofía.

Columna de cierre de ciclo en Mateína de Eduardo Álvarez Pedrosian,
el miércoles 15 de diciembre.

Para escucharla:
http://www3.1410amlibre.com/programacion.noticias.php?i=MTMyNg==

Sobre carabelas y pateras. Reflexiones desde un contrafestejo de la comunidad afro en Barcelona.




Publicado por SIREL, REL-UITA, on line en http://www6.rel-uita.org/sociedad/reflexiones-barcelona.htm.













La necesaria transformación cultural: sociedad y cambio político.

Publicado en periódico LA REPÚBLICA, contratapa en la edición del día martes 31 de agosto, Montevideo, 2004.



1. ¿Llega el cambio al Uruguay?
A días de las próximas elecciones generales las encuestas se llevan todo el interés del público, y es cuestión de sumar votos nos dicen por su parte los distintos partidos en las voces de sus militantes. Pero cabe abrir una mirada más, una observación crítica de este proceso en el cual estamos todos inmersos. El proceso por el cual está atravesando la sociedad uruguaya marca un acontecimiento en su trayectoria, se abren posibles caminos y se insinúan virajes que estarían determinando un nuevo horizonte de sentido y acciones colectivas. ¿Pero hasta dónde es esto posible? Podemos anotar una serie de fenómenos que apuntan a sostener que nos encontramos en un contexto diferente al de las décadas pasadas. La transformación ideológica y la representación partidaria, la estructura del propio mapa político es otra desde que hace ya varios años la coalición de izquierdas es la primer fuerza, mientras el partido que fuera identificado con el propio Estado hoy día sufre una caída que estaría marcando con más profundidad el cierre de todo un proceso institucional que nos trajo desde la tercer década del siglo XIX hasta la actualidad. El fin del neoliberalismo como ideología, como discurso y ejercicio del poder, también está marcándonos un nuevo escenario. Aquellos tecnócratas que sostenían el fin de la ideología (aunque encima eran embanderados según divisas criollas puramente caudillescas), que anulaban toda otra posición tomada que no sea la propia (lo que se llamó el pensamiento único), se han visto desbordados por las condiciones actuales de las cuales han sido sus agentes primordiales. El capitalismo contemporáneo adoptará rápidamente nuevas formas, en transición, no sabemos a qué condiciones futuras. Lo que es cierto es que ya no se sostiene desde ningún punto de vista un discurso que deje fuera a la condición humana, a la lucha por combatir la pobreza, la desocupación, etcétera. Los viejos partidos de derechas se han visto obligados a trasladar sus referencias hacia el centro del espectro de adhesiones ideológicas. La regionalización también es ya un hecho indiscutible; si alguna vez se negó este proceso desde dentro, la contemporaneidad nos enfrenta a un mundo integrado, en variados sentidos y en diferentes formas, pero la cuestión es que lo que fuera una región plural e integrada más allá de los límites nacionales como la comarca rioplatense, hoy día es una realidad avasallante que posiciona a la sociedad uruguaya en un panorama diferente, donde ya no es posible buscar una identidad en el aislamiento como en otras oportunidades sí se lo hizo, porque de aquí en más, los vínculos ya no serán interpretados y construidos desde las definiciones económicas estrictamente. Son los valores en todos los sentidos posibles, la producción de cultura, lo que encuentra una dimensión regional y mundial, tanto en lo que respecta a la expansión del capitalismo como a la proliferación de alternativas frente al mismo y en conexiones múltiples. Y desde este contexto más amplio de determinaciones se hace casi imposible mantenerse retrasado en un proceso como el que atraviesa América Latina, y a pesar de ello, todavía aquí se experimenta la letanía de los cambios.
2. ¿A qué precio?
Cada uno de estos puntos tiene su correlato negativo, y la pregunta sería: ¿a qué precio se daría el cambio? Estamos llegando quizás a una nueva cultura para la cual ya no hay lugar para los discursos tecnocráticos, para el aislamiento regional, para la forma de hacer política heredada desde más de siglo y medio, pero a qué precio. Al precio de haber alcanzado en los últimos años los índices de pobreza más escalofriantes de la historia de esta sociedad, de acercarnos también a la región descendiendo la calidad de vida en todas sus manifestaciones. Una pobreza estructural, que marca el destino de nuestra sociedad por generaciones, ya está instalada. Después de esta determinante tan radical, imposible de evadir para el futuro, nos encontramos con la instalación de una condición que frena el cambio, una deuda externa brutal que al superar el producto bruto interno previsto nos está determinando que todos nuestros intentos por producir serán pocos para alcanzar la libertad del control de los organismos internacionales de crédito y tras ellos, de las decisiones y planes del Pentágono y otras agencias de dominio planetario. Y en un tercer lugar, nos encontramos internamente con los restos de un proceso de desmantelamiento que los últimos gobiernos neoliberales han llevado adelante dentro de la infraestructura con la que contábamos desde el siglo pasado como resultado del esfuerzo principalmente de los trabajadores. Desmantelamiento material e inmaterial, desarticulación de formas de producción y estilos de vida asociados. Si no fuera por el propio empuje de los trabajadores, las instalaciones que hoy están reabriendo sus puertas no contarían con nada para ello, ni con los medios materiales ni con la capacidad y dedicación de los expertos en el uso de los mismos.
Con una sociedad partido en dos, con los mayores índices de natalidad concentrados en estos sectores pauperizados, con una deuda externa que embarga el futuro de todo esfuerzo, nos enfrentamos a un posible cambio político que nos estaría posicionando en el contexto de la región años más tarde. Bien, frente a este panorama sucintamente esbozado serán posibles las distintas actitudes a tomar, y hacia ellas deben orientarse. No me interesa aquí establecer los caminos que debería de seguir un gobierno progresista, sino más en general y más profundamente, el tipo de transformación cultural que estaría habilitándose si como pensamos alcanzamos a dar un salto cualitativo en nuestra historia social. Todo cambio se fundamenta en tradiciones que le sirven de soporte, tanto para permanecer en ciertas tendencias como para romper con ellas y a partir de allí construir una nueva posición. Al respecto nuevamente podemos señalar tres aspectos ya presentes en las demandas populares de la sociedad uruguaya desde sus orígenes y que fueron sumándose a lo largo de las luchas sociales del siglo XX. El conflicto entre el campo y la ciudad es la primera de ellas. Desde la colonización del actual territorio nacional la ciudad militar tras murallas y los campos y sierras salvajes se confrontaron. Es quizás tiempo para terminar de establecer una nueva dinámica interna de una sociedad urbana y rural, en un territorio rico y vasto para la población que alberga. Las demandas provenientes de la ecología social encuentran huellas de un mismo camino transitado anteriormente por otras prácticas reivindicatorias para alcanzar una gestión del territorio auténticamente democrática y sustentable, algo que hasta nuestros días está lejos de ser una realidad. La esquizofrenia del capital versión local: niños muriendo de desnutrición en Bella Unión entre miles de hectáreas de «desierto verde». Lo mismo sucede con la herencia del movimiento cooperativista que en diferentes aspectos ha demostrado ser una forma acorde al tipo de sociedad que nos define, por sus dimensiones, el tipo de vínculos intersubjetivos, la forma de organizar la producción, distribución y consumo de nuestra comunidad. La eficacia, la rentabilidad, y todos los parámetros de la economía neoliberal encuentran en el cooperativismo una superación del sistema de libre mercado implantado concretamente en una sociedad en la cual jamás será posible aplicar recetas de otras sociedad donde sí se dan las condiciones indispensables para la competencia, el flujo de grandes capitales y todo lo que requiere el capitalismo como tal. Esta nunca fue una sociedad de mercado, o como decía Real de Azúa, «casi» lo fue y siempre casi lo será. ¿Para qué seguir insistiendo en la rivalidad y la lucha cuando las condiciones objetivas distan tanto de ser las apropiadas para ello, y aún más, cuando en su forzosa implantación se atenta contra la mínima solidaridad que asegura un nosotros colectivo? El problema no es insistir en un sueño sino insistir en una pesadilla, no reconocer el precio y los costos de una política que por una década reinó en toda la región, seguir culpando a los benditos factores externos, seguir apelando al aislamiento cuando conviene, al «país petiso» cuando hay que rendir cuentas ante los otros y las futuras generaciones. Si los neoliberales dicen que la historia a refutado empíricamente a sus adversarios, no pueden no reconocer y en sus propios términos que a ellos les ha ido peor.
3. Fuentes propias para el cambio.
La identidad uruguaya encuentra hoy fuentes legítimas de donde alimentarse y buscar establecer las condiciones para una nueva sociedad, o si se quiere, para un nuevo momento en la historia de la misma sociedad, es lo mismo en este sentido, sólo habrá cambio resignificando el pasado en la proyección hacia el futuro. En primer lugar tenemos el carácter particular de autonomías interrelacionadas que en el comarquismo rioplatense se produjo, los valores autonómicos de la cultura de estirpe criolla, aquella que posibilitó la independencia de las provincias del Sur, que tuvo en el proyecto federalista su máxima expresión hasta entonces. Posteriormente entrando al siglo XX la experiencia modernizadora del batllismo (que incluye la creación de una clase obrera nacional y la introducción de los ideales políticos de las sociedades industrializadas de entonces en más), el establecimiento de las bases para una sociedad equitativa, de la búsqueda de una comunidad modelo en su integración, valores democráticos y fuerza de acción que logra además concretarse en hechos. Y por último los aportes de nuestro criticismo, la llamada generación crítica que terminara por caracterizar el crisol de estilos y actitudes que constituyen nuestra idiosincrasia en su versión progresista. Apoyarnos en estas fuentes para buscar el cambio implica realizarles una ardua crítica en pro de su superación: en el primer caso, la ruptura con todo sentimiento de inferioridad y aislamiento típico de la orfandad gauchesca; de la segunda, la ruptura con la cultura burocrática de la llamada meritocracia gestada por un Estado benefactor todavía vivo en el imaginario social de la clase media en crisis; y de la tercera, desterrar el pesimismo de una excesivo trabajo de destrucción crítica por la falta de confianza en las propias fuerzas subjetivas.
Parece que dejaremos de ser a pesar de todo una sociedad «amortiguadora de los cambios» como declaraba con tanta lucidez Real de Azúa. Y esto porque la realidad misma nos impuso un cambio de condiciones, la devastación de una sociedad que no por ser homogénea era positiva, pero que por lo menos no atentaba contra la integridad física y moral de sus ciudadanos como en estos últimos decenios. Las cárceles se encuentran atestadas, ya no hay manera de frenar una crisis humanitaria como la que estamos atravesando. Pero a pesar de todas las limitantes es posible un cambio, allí donde se logre articular el esfuerzo colectivo necesario para alcanzarlo en el acto mismo de la activación de la producción y redistribución acorde a los esfuerzos, lo que promovería un cambio de actitud, una cultura más abierta, plural y equitativa al mismo tiempo y gracias a que se la construye. Será mercado, será otra cosa, no podemos dejar de plantearnos un futuro como sociedad, en nuestra región, en nuestro mundo, sin aspirar a poder algún día ofrecernos a nosotros mismos y a los demás una forma de vida propia, auténtica, fundada en nuestros rasgos identitarios, que no son invariables sino que por el contrario todavía están en construcción y en un escenario contemporáneo donde cada vez es más necesario el diálogo a partir del reconocimiento de la diversidad. Si se mantiene la burocracia, la gerontocracia, el amiguismo, y si nos gana el revanchismo en la situación en la cual nos encontramos, lo único que tendremos es un cambio aparente en la superficie, y un cambio profundo tan sólo en una dirección para nada progresista, inevitablemente seguiremos deslizándonos hacia una pauperización en el nivel de la reproducción social junto a la permanencia de una reducida casta de funcionarios públicos y algunas familias de estirpe que mantendrían sus privilegios, con lo que no tardará en aumentar el conflicto que se cierne sobre la totalidad de los uruguayos.

Luces y sombras de la cultura del trabajo.

Publicado en MEMORIAS.UR, Año III – N° 9 marzo-abril, Montevideo, 2005.


Solidaridad, dignidad, pero también ha venido siendo una competencia individualista por migajas. Ahora que nos falta no lo consideremos como algo divino en sí mismo, varía mucho según las condiciones. Recordemos que nuestro mito de origen nos sigue diciendo desde el fondo del inconsciente cultural que el trabajo es el castigo por haber probado del fruto de la sabiduría. Querer conocer nos costó el abandono de una perfecta situación de abundancia y nos puso ante la necesidad de obtener lo vital indispensable con el sudor de nuestra frente. Pero se le suma un segundo sentido dialécticamente opuesto el anterior: el trabajo es concebido también como la vía de realización hacia la libertad humana, el camino de lucha -que es sacrificado, pero que tiene una meta-, la salvación frente a la frustración y las carencias de origen.
Nos sigue pareciendo peligroso pensar al trabajo de otra manera, como algo que no sea ni un castigo ni un sacrificio, sino un derecho y un deber placenteros, quizás el primero en un sentido estructural. Ni la perfección en el origen ni una meta perfecta al final, sino un transitar, un continuo aprendizaje. Es clara la dificultad cuando tuvimos casi dos décadas de estupidez neoliberal saturándonos los oídos. No quedó nada de la cultura sin tocar por esta oleada ideológica del valor del sin valor de mercados fantasmales. Antes que nada creer y crear son las dos actividades que nos hacen ser sujetos, pero qué difícil que es hacerlo desde otro lugar que no esté de alguna manera atado a la malla del capital. El desafío será construir un trabajo digno, decente, para lo cual no puede seguir siendo un castigo trabajar o no trabajar, ser explotado o no ser explotado, una situación sin escapatoria.
Hay elementos que han hecho del capitalismo el sistema hegemónico y para superarlo hay que saber encontrar en qué sustenta su poder. Venimos pensando hace tiempo en la capacidad organizativa del mismo, en el poder físico que tienen sus ejércitos, y cada vez más nos percatamos de la importancia de la manipulación del deseo. Y allí radica su poderío, luego de haber convertido al propia trabajo en una mercancía, haber empezado a generar nuevas mercancías sustentadas en ficciones cada vez más superficiales. Y el trabajo entró en esta marea, y por décadas vino sufriendo este vaciamiento de sentido: para el capitalista era una mercancía más con la cual lucrar. El arma del desempleo logró perpetuar un control social aterrador, sustentado en la desesperanza del “sálvese quien pueda”.
No alcanza con generar trabajo si no se realiza en un espacio social de libertad de oportunidades y elecciones. Y como sabemos que esto siempre se da en un marco determinado, según estructuras montadas que no cambian de un día para el otro, si buscamos reinsertar a quienes han sufrido la desocupación por tantos años necesitamos hacerlo promoviendo con firmeza una cultura del trabajo, un sistema de valores que encuentran en él sentidos emancipatorios. Promoción de políticas culturales, de acciones por parte de las instituciones públicas y privadas, en el cara a cara de las relaciones sociales y en lo que los medios masivos proyectan en pantallas y parlantes (reconstrucción de memorias colectivas, promoción de actividades artísticas, educación orientada al placer por la innovación productiva), todo lo cual nos encamine hacia una nueva cultura con el trabajo como eje principal. Lo más difícil como se sabe será incluir -sin homogeneizar- a quienes no sólo nunca han trabajado, sino que son hijos y nietos de desocupados y que son la mayoría de los uruguayos del futuro (muchos más de los que marcan las encuestas, hay que incluir al trabajo precario y al informal). Lo difícil será establecer esta nueva ética del trabajo, donde la explotación inherente a su condición actual se oriente hacia un cambio más profundo.
No podemos volver al pasado, al contrario, podemos aventurarnos con pie más firme hacia una sociedad integrada en la cual todos los saberes puedan articularse en un espacio creativo y rico en producción. País productivo como se dice, pero no de mercancías en sí mismas, valores de cambio vacíos y fugaces. Producción de subjetividad democrática y socialista; producción de cultura e identidades sobre la base del esfuerzo colectivo y la cooperación en libertad, desde la dignidad que otorga la actividad de transformar el medio en el que vivimos, de ser protagonistas de nuestra propia historia, de ser con orgullo trabajadores.

Los límites de la solidaridad. El espectáculo de la pobreza y la institución de la caridad.

Publicado en SIREL, Rel-Uita, on line en www.rel-uita.org/sociedad/los_limites_solidaridad.htm;

y en La Insignia, Madrid, edición del 30 de septiembre de 2005, on line en www.lainsignia.org/2005/septiembre/soc_014.htm.






Nuevas acciones, nuevas formas de pensar.

Publicado por SIREL, REL-UITA, on line en www.rel-uita.org/agricultura/nuevas%20acciones.htm;
en Biodiversidad en América Latina, on line en www.biodiversidadla.org/content/view/full/14547;
y en Choike, on line en http://www.choike.org/.
Contratapa del periódico LA REPÚBLICA, edición del 18 de febrero de 2005.

Trabajo y subjetividad.

Publicado por SIREL, REL-UITA, febrero de 2004, on line en http://www.rel-uita.org/contratapa/trabajo.htm.







No caben dudas de que el trabajo constituye nuestras vidas, y de que éstas son inseparables del destino del capitalismo. Los cambios que nos afectan, la precarización y decadencia de las relaciones económicas contemporáneas nos posibilita redefinir, poner en duda esta noción tan arcaica y que tan profundamente nos caracteriza. La propia civilización occidental ha encontrado una interpretación de la vida expresada en el mandato bíblico que nos obliga a comer del sudor de nuestra frente, como castigo a la falta primera que funda la noción judeo-cristiana de lo humano, pretender conocer, conocer qué somos. Desde los comienzos, conocimiento y trabajo estuvieron así de relacionados. La necesidad de transformar la naturaleza para poder llevar adelante una existencia como especie ha adoptado diferentes modalidades, pero siempre es claro que las cargas y las responsabilidades, las actividades y la producción de bienes necesarios para la existencia han servido de entramado para la propia forma de la sociedad que en ello se sustenta. Las relaciones de producción como las llamaba Marx, definen una infraestructura en tanto sustento básico necesario para todo desarrollo de la vida, sea cual sea. Es impensable aislar los mecanismos de transformación de la naturaleza, humana y no humana, de las relaciones de poder, de lo que se puede y no se puede hacer. El destino de nuestras sociedades occidentales alcanza el punto de despegue radical cuando no sólo los bienes producidos sino la propia actividad de producción, incluido el trabajo, es objeto de pérdidas y ganancias, es objeto de especulación. El capitalismo incipiente, en los albores de la modernidad, el de los talleres de artesanos, hombres libres en ciudades estados, en el contexto de un humanismo fervoroso que exaltaba la dignidad y los valores del ser humano en sí, rápidamente es reconfigurado en el movimiento de la Contrarreforma, en la cual las transformaciones acaecidas en la Europa de entonces son capturadas por las autoridades de los órdenes ya existentes y reconducidas hacia una dominación más potente que la de los regímenes anteriores. La forma de las instituciones cambian, y el protestantismo termina por dispensar las semillas para que emergiera un mundo de la vida determinado por la acumulación, el aumento de las riquezas y la especulación financiera, a costa de una explotación indiscriminada de la naturaleza, de la propia naturaleza humana en la explotación del hombre por el hombre que de allí en más quedará labrada por un contrato aún más cínico que la anterior servidumbre medieval.
De esta manera se va generando genealógicamente la entidad del trabajo tal cual la conocimos en la modernidad, en su fuerte contradicción interna: el trabajo como relación desigual asumida como condición necesaria, el trabajo como la actividad que nos ubica socialmente, que nos otorga un rol y una posición, pero que es en el fondo siempre injusto, siempre producto de una explotación del más poderoso sobre el más débil. Y no se trata tan solo de una reflexión aislada, se trata de la propia constitución de lo que somos, de nuestras subjetividades. Pues sobre esta conflicto de base, sobre esta desigualdad naturalizada se van a fundar formas de ser auténticas, maneras de ser humano para las cuales el trabajo como relación, como actividad que determina un sentido de la vida, es la sustancia misma desde la cual se producen otros sentidos, se puede vislumbrar una nueva forma que supere esta desigualdad. Hegel lo planteaba desde su sensibilidad romántica a principios del siglo XIX en la vieja fórmula del amo y el esclavo, y la dialéctica como procedimiento racional no sólo pertenece a sus investigaciones filosóficas, es también parte de las estructuras de ese mundo occidental que por entonces se gestaba. En esa dialéctica Marx buscó luego la forma de llevar las condiciones hasta el punto de su superación. El capitalismo al cual hacían referencia, el que les tocó vivir, no era exactamente una estructura moderna y nueva, hasta hoy día persisten formas anteriores de relacionamiento, modelos de estructuración del poder en lo social que obedecen a épocas anteriores. Pero las transacciones internacionales, el desarrollo del comercio marítimo, y los efectos posteriores de la revolución industrial en estas actividades y en otras surgidas sui géneris, incluido el saber científico que desde el siglo XVI es puesto al servicio de los poderes de turno, terminan por darle a la configuración del capitalismo como estilo de vida la consistencia necesaria que le permitirá encausar el destino de la humanidad hacia una carrera desenfrenada desde allí en más. «Es harto conocido que la acción monopolista a favor de las guildas y de las compañías no favoreció el desarrollo de una producción capitalista, sino la inserción de la burguesía en un feudalismo de ciudad y de Estado, que consistía en rehacer códigos para flujos descodificados como tales y en mantener al comerciante, según la fórmula de Marx, “en los poros mismos” del antiguo cuerpo lleno de la máquina social. Por tanto, no es el capitalismo en que implica la disolución del sistema feudal, sino más bien a la inversa: por ello fue preciso un tiempo entre ambos. Hay una gran diferencia a este respecto entre la edad despótica y la edad capitalista. Pues los fundadores del Estado llegan como el rayo; la máquina despótica es sincrónica, mientras que el tiempo de la máquina capitalista es diacrónica, los capitalistas surgen uno tras otro en una serie que funda una especie de creatividad de la historia, extraña casa de fieras: tiempo esquizoide del nuevo corte creativo... será preciso el encuentro de todos estos flujos descodificados...»
[1].
Primero, el trabajo es un castigo divino, una carga por un pecado heredado desde los orígenes de los tiempos; luego, será para algunos fuente de riquezas y para otros fuente de subsistencia, una relación desigual e injusta que logrará estipularse e imponerse con el consenso casi unánime gracias a un engaño en el que se disfraza la explotación bajo la forma de un justo contrato entre partes. La ética protestante será el basamento para una subjetividad capitalista la cual trascenderá ampliamente los márgenes de lo religioso hasta constituir una nueva religiosidad, el consumismo. Solo faltaba que Dios y el dinero fueron identificados, que la actividad de explotación sea valorada como vía de salvación a los ojos del creador. Principalmente en el calvinismo se verá a un ser superior estimulado por las obras de acumulación de las riquezas, como el destino asignado para el ser humano por naturaleza.
En la actualidad, cuando nos enfrentamos ante un mundo fragmentado, una crisis planetaria de la vida humana y no humana, cuando la miseria y la brutalidad son la constante de esta agonía, cuando los caminos de la ciencia y el capitalismo aliados en sus intereses nos conducen hacia un callejón sin salidas que encuentra su mayor expresión en la degradación ecológica; debemos cuestionarnos una vez más si el trabajo es o no es lo que creemos que ha sido, cómo necesitamos relacionarnos para dirigirnos hacia una sociedad más justa, no suicida. Porque si es cierto que el trabajo determina nuestras vidas no podemos olvidar jamás, menos hoy, que el trabajo no lo es todo. Y es a partir de este distanciamiento que podemos emprender la búsqueda de alternativas, es a partir del develamiento del pacto desigual que podemos denunciar y poner en lo explícito aquello que subrepticiamente nos mantiene atados a un mundo pasado que hoy se vive como fantasma de lo real. ¿Cómo escaparse de las redes del capital, cómo desarrollar una vida autónoma e integral con el mundo que nos toca vivir sustrayéndonos de toda forma de egoísmo, autoritarismo, falta de escrúpulos y miserias de todo tipo?
Cuestionarnos sobre el trabajo en tanto constituyente primordial de la subjetividad moderna es cuestionarnos sobre la propia naturaleza de lo humano, como uno de esos productos que hemos creado y que han pasado a gobernarnos a nosotros mismos. La noción misma de lo humano está en jaque. El capitalismo elaboró su propia versión de lo que somos: dice, somos individuos. Una ética protestante por tanto, como la estudió Weber, que encuentra en el ser tan sólo átomos impenetrables, burbujas existenciales, no es de extrañar que nos conduzca hacia el paroxismo y la destrucción. Un sistema de producción, distribución y consumo de aquello que necesitamos que se funda en el juego numérico sin fin, donde todo valor en tanto entidad útil para ciertas circunstancias y ciertos agentes es convertido en valor de cambio, conduce inexorablemente a una situación catastrófica donde la humanidad entrega las riendas de su propio destino a las espectrales fuerzas de un capitalismo mundial, que de integrado que se encuentra ya no puede re-generarse sin destruir, en un proceso que nos lleva cada vez más al borde. Tomar al mercado como la instancia decisoria, es como pedirle a un esquizofrénico que sea responsable por sus actos.
También el Estado-liberal es un mito que jamás ha podido efectivizarse, todo sistema liberal ha necesitado de una creciente producción de ejércitos y policías, un estado de terror que actualmente, luego del 11 de setiembre establece el nuevo orden mundial. La lógica de la construcción del enemigo es necesaria para instaurar esa aparente arena de competencia absolutamente libre de todo condicionamiento. Lo que han generado en realidad, o dentro de esta simulada libertad, es una serie de monstruos de múltiples cabezas, las transnacionales, a tal punto que las propias autoridades republicanas que gobiernan los estados norteamericanos deben actualmente plantear series de normas jurídicas para controlar lo que llaman «monopolio».
Nuestra labor, nuestro trabajo justamente, es concebirnos como sujetos, como entidades responsables de nuestro propio mundo de la vida, el cual creamos incesantemente sin darnos cuenta. Producimos antes que nada, o si se quiere en forma integral, no sólo bienes más o menos materiales, se configura una realidad objetiva, un universo existencial en el cual habitamos. Pero es evidente que no podemos proceder en un mundo en el cual aquello que injustamente nos liga al mismo, además de constituir la desigualdad de origen, nos es arrebatado. Así llegamos a la paradójica situación en la cual el desempleo constituye un arma del capitalismo para permanecer en pie. No solo se controla la producción, sino también la antiproducción, lo que no se produce. En ello se expresa algo que hace mucho tiempo se ha establecido, las relaciones capitalistas hacen uso de la contradicción como mecanismo de operatividad; la dialéctica no funciona por sí misma como un arma de combate, más bien es el propio mecanismo interno de un mercado mundial que convierte toda novedad, todo cambio, todo bien creado, en un nuevo producto inserto en la malla uniforme e isótopa del mercado pre-existente. El triunfo del capitalismo ha sido el triunfo de una manera de convertir toda transformación en un elemento más insertado en un campo homogéneo donde todo puede intercambiarse según un código abstracto, ponerle precio a todo tipo de valor, donde lo frívolo se mezcla con lo necesario, desde un liberalismo que si algo nunca fue y nunca podrá ser, como dice Deleuze, es libre.
Por tal motivo nuestras alternativas deben estar más allá del ser o no ser, más allá de la dialéctica, de lo contrario permaneceremos encerrados en el juego maniqueo de una alienación universalizante. El gran dilema para nuestras subjetividades, para aquello que nos compone y constituye, es encontrar sin cesar nuevas formas de ser que escapen en lo posible a la re-codificación del capital, a su captura siempre atenta ante las novedades para generar productos sin cesar. Tarea difícil, que nos exige una actitud de perpetua renovación como la del propia capitalismo, pero que a diferencia de éste, busque en las cualidades, en las singularidades, en los valores de uso las armas del combate, sustrayéndonos lo más posible de los impulsos consumistas para quienes se encuentran «incluidos» en el sistema, y no dejándonos avasallar por la desesperanza por carencia para quienes están «excluidos». El propio juego de este antagonismo es un arma del capitalismo en su manejo de las grandes masas mundiales, de un «ejército de reserva» siempre dispuesto a realizar actividades enajenables ante la necesidad de subsistir. Quien niegue la necesidad de intermediaciones, de tránsitos, de flujos en fin, no comprenderá nada. No se trata de volver a un mundo en el cual las piezas se encuentren aisladas y circunscritas a sus mundos de inmanencia, comunidades cerradas sobre sí mismas y demás. Debemos detener este movimiento suicida de un sistema planetario que no conoce otro límite que sí mismo, que no conoce un otro, una alteridad. ¿Hasta dónde llegaremos? Un sistema para el cual no hay límites, no puede hacer otra cosa que crecer hasta un punto en el cual la tierra, la naturaleza, la realidad vuelve a imponerse en su finitud, o si se quiere, un sistema que genera mercados sin cesar, termina por saturar lo posible en un punto desquiciado que inaugura una suerte de canibalismo con sus horas contadas. Si ya no queda más por mercantilizar, se hará cualquier cosa para mantener el sistema destruyendo lo ya existente para con ello poder hacer como si algo nuevo asomara en el horizonte, cuando en realidad estamos viviendo una historia lavada, una repetición que nos congela o que nos hace enfermar de una suerte de amnesia genérica.
A pesar de todo sigue viva la esperanza y los últimos años del siglo que acaba de terminar nos hemos alentado frente al neoliberalismo que se derrumba después de décadas de infames saqueos. Pero no nos confiemos, el retroceso puede ser aparente, en los hechos, nada ha cambiado, aunque por lo menos hoy podamos estar seguros del fracaso del autoritarismo económico como nueva forma de dictadura que supo contar con el apoyo de variados actores políticos.
No olvidemos que todo esto está en el corazón del trabajo, de nuestra subjetividad de principios de milenio. Hemos sido engañados nuevamente bajo modelos empresariales donde se trató de disponer del trabajador en una estructura subjetiva en competición con las relaciones familiares, comunitarias, bajo eslóganes como “la empresa es la familia”, “el triunfo es la excelencia”, etc. Tampoco el Estado será la salvación, ya que como se ha demostrado en la propia historia de nuestro devenir así como en las características contemporáneas del mismo, él ha sido una de las fuentes de implantación del capitalismo. «Otro mundo es posible» rezan las pancartas de la lucha de hoy, y eso sólo será una verdad histórica en tanto consigamos desbaratar al capitalismo que anuda en nuestra propia subjetividad, en tanto los preceptos morales de la competencia, la rivalidad, la búsqueda del éxito individual y la aceptación de la explotación como condición innata a todo vivir sean radicalmente cuestionadas en términos de valores, en una subversión que por fin nos ponga ante las cosas mismas. Redefinir el trabajo, encontrarnos con nuestra capacidad de transformar la naturaleza gracias a la técnica y el conocimiento, a los diferentes saberes de la gente, necesita de una nueva ética de lo vivo, de lo humano y de lo no humano con lo que convivimos. Quizá podamos encontrar un tipo de acción en la cual no sea necesario sufrir tanto por su realización como por su no realización, juego de espejismos que nos encierra en la burbuja virtual de un planeta que ya no nos soporta más bajo estas condiciones. El joven Marx de los Manuscritos sentenciaba claramente, el hombre es fuera de su trabajo, el trabajo es siempre alienación, se es fuera del mismo. ¿Podremos encontrar una nueva forma de dividir y distribuir el trabajo sin que éste sea un castigo, más allá del empleo, en relaciones democráticas donde no sea necesario dar siempre por menos, producir sin descanso para tan solo encontrar un refugio en un mundo de ruinas, contentarnos con basura chatarra, o con migajas?
Actualmente se habla de las «nuevas patologías de la frustración» causadas por el desempleo, o se hace evidente el complejo de agentes patógenos asociado a todo trabajo. ¿Pero fue alguna vez de otro modo? Como dice el filósofo marrano Spinoza, quien vivió justamente el surgimiento del mercantilismo en los Países Bajos del XVII y sufrió persecuciones políticas toda su vida, el dominio necesita de la tristeza de los dominados para poder establecer el control. En la vieja lucha moderna contra el capital, la clase obrera encontró en la propia posición de subordinación las armas para combatir, en la injusticia sufrida la fuerza de voluntad para poner en marcha una transformación radical. Ante la falta de empleo no podemos añorar una situación de este tipo, pero eso es lo que ocurre, lo que se constata empíricamente; la desesperanza y la depresión gobiernan los ánimos generalizados; es clara la confusión en la que hemos caído. Los impulsos vitales –deseo, libido, como se le quiera llamar– siguen surgiendo de la propia capacidad de transformación que constituye nuestra naturaleza inacabada, no necesitamos volver a antiguas formas ni encontrar en la reacción, en la contradicción, en la oposición una posición que nos permita encauzar un proyecto emancipador que sigue demandando nuestros más caros esfuerzos, en fin, nuestro trabajo.


13 de febrero de 2004

[1] Deleuze y Guattari, El Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, Paidós, Barcelona, 1998 [1973], p. 238.